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No imaginé que al despertarme esa mañana encontraría a mi mujer, a mi lado, con un hueco en la cabeza y el revólver en su mano. La sangre manchaba las sábanas blancas, y su mano izquierda aferrada a la mía. Estaba helada.

Lo primero que hice fue pensar en qué había sucedido. Encontré una respuesta un tanto vaga en la mordida en su cuello: profunda, dejando ver para mi horror la carne en descomposición y la sangre, que se había puesto de un desagradable color negro.

La marca con forma de pentágono, a modo de pupila, no dejaba poco en duda.

Hice lo que pude por reanimar en mi mente los momentos antes de su muerte, mas no logré recordar nada, excepto por el sonido del disparo junto a mí, el que me despertó.

Miré por la ventana rápidamente y contemplé una escena de horror que parecía sacada de una película: la batalla por la carne, la locura en su representación más espeluznante, la destrucción inundando cada rincón de la avenida.

Tras esconderme nuevamente en mi temor, me arrojé contra la pared contraria a la ventana e intenté desgarrarme la piel con mis propias uñas.

Fijé mi vista en una botella de alcohol junto a mí y pude revivir de manera algo borrosa imágenes en mi interior: fiesta, vino, diversión... Y aquella salida con mis amigos, a tontear en el bosque.

La tiza, roja, con la cual trazaron algo torcido aquel pentágono en medio del pasto muerto. El lugar ideal. Según había escuchado, si en algún sitio donde lo muerto de la naturaleza abundara (en ese caso, el pasto reseco y amarillento, sin animales o solo con cadáveres de estos, y los árboles grises y sin hojas) se realizaba el ritual de manera correcta, surgirían los muertos de entre la tierra mojada, para dominar a los vivos como había sido predecido siglos atrás.

Así fue, aunque borrachos, logramos terminar el trabajo bien y sin errores, dejando nuestro sentido común y nuestro miedo de lado y dando rienda suelta a la locura y la estupidez. Escurriéndose y rozando las hojas amarillas del suelo, los brazos surgieron pronto y se aferraron para lograr que un cuerpo renaciera.

Los pentágonos en sus globos oculares, de color amarillo apagado, daban la impresión de ser seres sobrenaturales, pero las claras marcas de pinchazos en su cuerpo y las vestimentas de soldados, sujetos experimentales y oficiales nazis revelaban otra cosa.

Era evidente: alguna vez, en vida, fueron sujetos de experimentos que resultaron en tales monstruos.

Y nosotros, en nuestra demencia, los dejamos rondar por las zonas cercanas al centro de la ciudad haciendo lo que querían; con tal de que no interrumpieran nuestra interminable fiesta, si dejábamos sueltos por ahí unas criaturas sedientas de sangre no era problema.

Así provocamos la invasión que se producía en el centro ahora mismo.

Y yo sin arrepentirme aún, en medio del silencio en lo muerto... Recordando esta historia mientras devoro la sabrosa carne...