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Ezekiel miró al suelo y sólo le fue posible ver el barro en ambas botas que calzaba. ¿Dónde se encontraba? No hallaba respuesta.

El vacío inundaba aquel lugar: todo cubierto por un manto de oscuridad infinita, extendiéndose más allá de lo que podía ver; una luz se alzaba brillante en medio de las tinieblas, casi como un sol.

Allí se dirigió, avanzando como pudo. Era parecido a nadar en el lago de su pueblo. A brazadas y patadas logró llegar, o eso daba la impresión…

Cap. 1: Un niño muy especial, EzekielEditar

Ezekiel Shiraoka, llamado “Eze” por todos aquellos cercanos, podía decirse, a él, siempre había sido un chico muy particular.

Callado, obediente, pero manteniendo la sonrisa traviesa de todo infante inocente a sus 7 años. Era un espécimen raro, único, maravilloso; pocas veces se puede encontrar alguien así de santo…

Era un prodigio: sus escasos años de vida le habían permitido aprender considerablemente más cosas que el resto de chicos. Justamente el año pasado, había logrado llegar al sexto año de la primaria a la que recién empezaba a asistir.

Todos lo amaban: su madre, sus amigos, los vecinos, el pueblo entero. Su personalidad y su modo dulce de hablar cautivaban a todos.

Su apariencia física era algo curiosa en comparándola con su actitud. Tez pálida, cabello ligeramente blanco, grisáceo, y ojos del mismo color. Sus ojos, grandes, y un tanto inclinados, daban la impresión de que suplicaba o estaba angustiado. Todo esto en conjunto, lo hacía parecer tímido.

La pobre mujer que durante su corta vida le había acompañado había quedado viuda tras su esposo perderse en un viaje de comercios entre ciudades. No hallaron nunca a su marido, ni siquiera su cadáver; simplemente... desapareció.

Más allá de eso, ella no paraba de mimar a su hijo y darle todo el amor que una madre puede darle a un niño. Quizá temía perder a la única persona viva de su familia; quizá era verdadero afecto, nunca se sabrá. Superó el dolor, lo aceptó, y continuó con su vida de la forma más normal posible.

A pesar de ser alguien muy alegre, Ezekiel siempre disfrutó la soledad. Amaba los libros, el arte, y la mayoría del tiempo la pasaba en la biblioteca de su casa; allí se encerraba durante las horas de la siesta, para introducirse en mundos de fantasía con héroes y dioses en los libros, compañeros tan maravillosos. Era cierto: muchas veces lo molestaban con estas cosas, con que no salía a jugar con los demás, pero no le hambía importado nunca.

Por suerte estro no llegó a límites extremos. Lo máximo que podía pasar era que le dijeran raro, pero nunca sufrió bullying ni nada por el estilo. Siempre soportó esa ligera molestia por parte de sus compañeros; todo se fue al demonio un día normal de verano.

La madre tocó la puerta de su hijo despacio, para no interrumpir bruscamente su lectura. Se abrió lentamente, y el niño asomó la cabeza con una sonrisa burlona.

-¿Qué pasa, mami?

-Eze... quería decirte algo... conversar contigo.

-Pasa, no te quedes allá afuera entonces.

-Está bien. Como siempre, tan educado...

El pequeño rió con ternura y se sentó en la cama esperando que la mujer también lo hiciera. Así lo hizo: se recostó sobre el colchón observando la cara despreocupada de Eze.

-Bien... es que... tú sabes que eres un niño muy especial, único, maravilloso...

-Gracias, pero no exageres por favor, jijiji.

-Y sabes que te amo muchísimo así como eres, ¿no?

-Sí, mami.

-Bueno... pero a pesar de esto... me gustaría que intentaras, no sé... salir a jugar con los demás chicos de por aquí...

La cara de su hijo se torció en una mueca de tristeza y enfado. Las lágrimas brotaron como cataratas de sus ojos ya rojos. El odio se podía ver reflejado en su alma.

-¡¿Tú también?! ¡Siempre! ¡Siempre he tenido que soportar las burlas por ser como soy! ¡Porque me gusta lo que a los demás no! ¡Pero también es que eran solamente los niños, no mi propia madre! ¡Por eso no me importaba!

-Pero, Eze... yo...

-¡No! ¡Cállate! ¡No quiero escucharte! ¡Pensé que así me querías!

-...

Entonces saltó violentamente de la cama y abrió la puerta de un empujón. Corrió, corrió, corrió sin cesar...

Llegó a donde no conocía ni le importaba. Lloraba desconsoladamente aunque ya con las mejillas resecas: había gastado de una vez ese llanto guardado en lo más profundo de su corazón desde tiempos que no recordaba.

También... ese antiguo odio hacia las personas... renació...

Sintió una presencia malvada, poderosa... pero tentadora. Algo que le reconfortaba; como una cálida hoguera en un día de invierno. Se sentía bien. Lo atrajo hacia lo más profundo de ese bosque, tan desconocido para él...

Cap. 2: El hijo del Dios, ExitiumEditar

Ezekiel observó al cielo y levantó la mano. ¿Dónde se hallaba él?

Su padre. No... lo que consideraba y amaba como un padre. Ese que lo acogió como uno... Recordaba perfectamente cómo lo conoció. La guía por la luz oscura. La muerte al alcance de la mano. La resurreción. El renacimiento. Su nuevo hogar. Recordaba a... Exitium.

Exitium.

Ese dios todopoderoso; recogió al más débil, el más pequeño, el más inútil discípulo: el niño Ezekiel. El pobre no entendía las razones. Quizá, en él, vio un potencial oculto que nadie más había percibido antes. Recordó sus palabras:

-Algún día, Ezekiel, alcanzarás formas ascendidas de tu propio cuerpo, insospechadas. Tu poder... será aún más grande de lo que el mío jamás será; mas para eso mucho falta, por ahora, tu deber como mi alumno es entrenar.

Y así lo hizo: durante muchos años de su vida, se dedicó a lo primero. Detectar la respiración más miserable incluso en medio de una explosión. Calcular el poder de su enemigo fácilmente. Cazaba ratas y otras criaturas pequeñas para aumentar su agilidad. La fuerza la desarrolló sola.

Pronto, se transformó en un adolescente cuyo corazón estaba vacío. Recordaba a su madre, su pueblo, los pocos amigos que tenía. La energía y el brillo de vida en sus ojos, había desaparecido; su alma estaba corrompida por algo que podría ser el primer rastro de maldad naciente.

Era constantemente acosado por su propia conciencia: la que le indicaba que estaba siguiendo el camino equivocado, que podría volver a ser una persona común y corriente con su familia y amigos si abandonaba la senda del mal. Varias veces al día, Ezekiel se repetía a sí mismo:

-¿Qué familia? ¿Qué amigos? Nada queda para mí en mi tierra natal. Todos seguramente ya me habrán olvidado; nunca le he importado a nadie, Exitium es el único que me ha considerado un hijo desde siempre... Él me dará poder.

Entonces por su retorcida mente cruzaba una preocupación, desde lo más profundo:

-¿Y qué me dices de tu hermana...?

-Ella... no me importa en lo absoluto. También la mataré cuando pose mis pies de nuevo en aquella casa del demonio.

Eso era algo usual: a sus dieciséis años ya había asesinado a al menos 200 personas y seguía andando por las calles tranquilo. Se reía al escuchar los rumores que circulaban por los pueblos por los que pasaba.

Lo asesinaron, ¿lo sabías?

No se conoce la identidad del asesino, pero espero que sea atrapado.

Él... era mi sobrino...

De otras tantas estupideces que había escuchado, lo que más le encantaba oír era el llanto de los niños. Gemían al enterarse de que sus parientes, amigos... habían muerto por culpa de un desconocido.

La crueldad de Ezekiel ya no tenía límites. Más de una vez había secuestrado a algún pobre chiquillo para introducirle objetos punzantes en el cuerpo; escucharlos gritar, suplicando por sus vidas, rogando a alguna entidad ficticia que los salvase. Recordaba especialmente aquella ocasión:

-Señor, por favor... no me haga daño...

-¿Que yo no te haga daño? Tranquilo. No será para tanto. Sólo serán un par de cortes, ya lo verás...

Entonces susurró al oído de la pobre niña:

-Yo he pasado cosas peores. ¿Tienes idea de lo que es vivir en un cuarto oscuro y húmedo, lleno de repulsivos insectos y cosas reptantes? ¿Que no puedas apoyarte en una pared porque están llenas de clavos? No. No tienes idea.

Enterró lentamente el cuchillo hecho a mano en el estómago de la pequeña. Al ser de madera, estaba repleto de astillas, deformidades, las cuales al moverse entre la carne y tripas de la pequeña provocaban un ruido y sensación extraordinarios para Eze.

-Al final, dolió un poco más de lo esperado... Pero sólo es por eso. Supongo que los cuchillos rústicos no están diseñados para matar rápidamente y de forma indolora.

Arrojó el objeto lejos y miró a los ojos desorbitados de la pobre. Ya ni siquiera se esforzaba en suplicar; sabía muy bien que no la dejaría ir y había abandonado toda esperanza. Se atragantaba con su propia sangre y la expulsaba a chorros por la boca. Eze la colgó de un gancho clavado directamente en su garganta.

-¿Duele?

La niña no respondió. La vida ya se había escapado de su cuerpo, arrebatada por el joven.

-Vaya... esperaba jugar un poco más. Suelo romper muy fácil estos juguetes míos... pero no importa; pronto conseguiré otro. Ahora, ¿qué hago usualmente con los restos? Ah, sí.

Se colocó las vendas alrededor de las manos, especialmente en los nudillos, y empezó a golpear brutalmente el cuerpo inerte de manera repetida, como un saco de boxeo. Unas cuantas horas después, arrojó los restos de lo que alguna vez había sido un humano en un despeñadero.

Cap. 3: Sangre ajena, la de un ser queridoEditar

Se miró las manos mientras pensaba cómo se las había manchado. Recordó ligeramente haber cortado con el rústico cuchillo de madera el tejido de ambas. Todo sin razón.

A su costado, la hermosa espada de filo perfecto reposaba. Quería tomarla para despedazar a alguien, mas pronto tuvo que obligarse a apartar la mano por las palabras de Exitium:

-No podrás usarla. No hasta que considere que tu poder ha alcanzado el nivel suficiente para portarla.

Esas palabras le importaban poco y nada, pues la tentación de manipular aquella empuñadura dorada, el filo negro, el peso de la totalidad del arma; se mordía las uñas para no empezar a golpearse la cara contra el suelo, y se mordió la lengua hasta hacerla sangrar.

-Vaya, me he lastimado... Creí que mi cuerpo era algo más resistente ya...

-No eres fuerte. Eres débil. Eres aún un... humano.

Humano... Ezekiel odiaba ya esa palabra; no quería pertenecer a esa raza, quería ser algo... superior. Las líneas negras, según Exitium denominadas "Las Líneas de la Oscuridad", ocupaban ya algunos mechones de su cabello. El dios le había contado, que su cabello grisáceo era su cordura y las líneas, la locura que lo iba consumiendo.

Desesperado. Así podría llamarse al estado en el que se encontraba: acosado por sus sentimientos de nostalgia a su pueblo, y la sensación de poder que recorría su cuerpo y lo incitaba a seguir el camino del mal.

Un día, acudió a Exitium con lágrimas en sus ojos, arrodillado, suplicando una guía al dios. No podía aguantar más.

-¿Qué debo... hacer? ¿Qué... camino debo seguir?

-Ezekiel, esa es una decisión que debes tomar por ti mismo. No puedes tomar el consejo de los demás a la hora de tratar un tema tan delicado como el que me presentas; ilumina tus ojos mojados con la luz negra, la que yo te ofrezco, o la blanca, la que te ofrece una vida falsa y llena de comodidades ficticias.

Estaba claro. Su decisión era la correcta.

-Yo... yo... elijo seguirte a ti, a tus pasos. Convertirme en un dios... no. En el destructor de la humanidad; pienso transformarme en lo que las míseras ratas que habitan la Tierra necesitan: un Rey, alguien a quien obedecer y temer, alguien a quien todos deban alabar... su salvación.

-Has elegido bien, según mi opinión. Ya olvida como solías llamarte; no eres Ezekiel, no eres un humano, no eres un ser desechable. Eres Shadow Chaos, la entidad más maligna y también el que destruirá la humanidad.

-Yo soy Shadow Chaos.

-Bien. Ahora desaparece de mi vista; no quiero volverte a ver hasta que me traigas la cabeza de tu madre en un frasco, y su sangre en un vaso.

Ezekiel se dio media vuelta y quedó de espaldas al Cuarto Vacío, en el cual Exitium habitaba. Tenía una misión. Un objetivo, Y también era... una diversión.

"Te espero, hijo mío."

"Sé que lo haces, sólo aguarda."

Ezekiel contempló las murallas de acero que cubrían ese pueblo. Murallas imponentes. Murallas indestructibles para cualquier ser.

Excepto para él...

Arrastrándose, reptando, caminando, monstruos y criaturas de dimensiones incalculables azotaban inútilmente los muros con intención de derribarlos. Recordó qué había pasado... cómo era posible que existieran tales seres que sólo había oído en leyendas...

Le vino a la mente el año 2012. Sí. El año del apocalipsis; según información que llegó a sus oídos en el exterior, en ese año se liberaron de sus prisiones ancestrales monstruos, y otros creados por mano del hombre en laboratorios subterráneos olvidados.

Dominaron la mayor parte del planeta Tierra... más de la mitad... y el resto se lo dejaron a los humanos, menos del 40% del territorio terrestre.

Arrasando con los continentes, y destruyendo el medio ambiente para hacerlo inhabitable para la raza humana, lograron que tuvieran que reducirse a muy poco espacio en el mundo; además, no solo acabaron con nuestras viviendas, también liquidaron un 70% de la población.

Ahora, era el turno de Ezekiel de acabar con todos...

Se hizo pasar por un simple viajero o visitante. Apenas llegó a la enorme puerta que permitía el acceso a dentro de la ciudad, los centinelas que se posicionaban en precarias torres de defensa se sorprendieron de que siquiera hubiera pasado vivo solo entre aquellos monstruos. Le dejaron entrar rápidamente, para evitar confrontaciones o un asalto por parte de las criaturas.

Adentro ya, respiró el oxígeno que no estaba tan presente fuera. Era casi sofocante, pero para los pulmones de Ezekiel ya no era problema.

Corriendo, atravesó como un rayo las callejuelas de la ciudad mientras miraba a su alrededor. Nada había cambiado: los mismos edificios semidestruidos, los mismos puestos de suministros, la misma gente de su barrio. Nadie lo reconocía ya; a Ezekiel sólo lo hizo enfurecerse más, afirmando su teoría de que ya habían dejado su recuerdo atrás.

Se detuvo frente a un sitio que reconocía: una enorme edificación con paredes de hormigón, y puerta de madera. Tocó el timbre con la mano temblorosa, y esperó a ser atendido por aquella mujer joven, que recordaba como "su madre"...

Le atendió quien esperaba. Era cierto que su aspecto no había cambiado demasiado, mas diez años fuera habían hecho que algunas arrugas acecharan en su rostro pálido.

Detrás de ella, una adolescente de la misma edad de Eze se asomaba tímidamente: su hermana Lily. La edad la había convertido en una joven hermosa de cabellos plateados y mirada fría, demostrando su desagrado a alguien que no conocía.

La mujer se quedó sin palabras.

-Ezekiel... hijo...

-Madre... tras tantos años, decidí volver a tus brazos, y rogarte perdón por mis actos del pasado.

-Siempre, siempre tuviste un lugar aquí, Ezekiel... vamos, tus dos hermanos te esperan.

-Cierto. ¡Kael!

Kael. Su hermano mayor, cuya apariencia iba más por el lado de su padre: cabello marrón oscuro, de ojos verdes y piel apenas más oscura. En sus ojos se notaba el desprecio hacia el recién llegado; durante el tiempo que había pasado en su hogar, eran muy unidos, y cuando les tocó separarse probablemente desarrolló odio hacia Ezekiel.

-Hermano.

-Eze.

-¿Acaso soy un monstruo como los de afuera, que me miras así?

-No es eso, pero deberías comprenderme muy bien.

-Bah, seguro son estupideces tuyas. Y no es de mi incumbencia.

-Probablemente lo sean. Pero no niegues que es tuya la culpa.

-Sí, claro, no lo dudo. Pero creo que deberías ya quitar esa mueca; ha llegado el hermano con quien tanto te gustaba jugar.

-Vete al diablo.

-Igual tú.

Ezekiel le dio un empujón con el hombro, y centró su atención en Lily. Algo de duda se reflejaba en sus ojos, en su rostro... como si no reconociera a su familiar.

-Hola, Lily. ¿Cómo has estado?

-Hermanito...

-Sí, sigo siendo tu hermano menor, como siempre; que me haya ido no significa que debas tratarme como un extraño.

-¡Eze!

Dejando de lado sus sospechas, corrió a darle un abrazo a su hermano pequeño, quien la recibió como si nunca se hubiera marchado.

-Bueno, es bastante tarde, charlaremos mañana sobre muchas cosas: por ahora creo que deberíamos irnos todos a dormir.

Kael lo observó con extrañeza. Algo había cambiado, o algo no andaba bien. Su hermano nunca había gustado de acostarse temprano o sin tener sueño; Ezekiel, por su parte, rodeó con su brazo a Lily y la acompañó arriba.

Por sobre el hombro, Eze dirigió una mirada siniestra y malvada a Kael.

Cap. 4: La copa de la vida, la espada tambiénEditar

Ezekiel dirigió su mirada a la cabeza que llevaba en su mano, y recordó muy bien cómo la había obtenido.

Cómo había roto el cuello de su madre usando un palo, y cómo la había decapitado utilizando una navaja de bolsillo. Una muerte dolorosa, sin duda: cuando recortó de manera lenta la suave piel, aún se mantenía viva, mas no podía gritar; para cuando terminó, ella ya no respiraba.

-De nuevo, ha sido muy rápido... Quería disfrutar el momento un poco más, ver cómo la sangre chorreaba por la enorme abertura en tu garganta. Bueno, de todos modos no importa ya.

Entre sus brazos, tomó la cabeza hundiendo la cara en su pecho.

-Yo te quería, madre...

La boca no dejaba de expresar una mueca de horror, con sangre en sus labios.

-Vaya, me he manchado. Deberías dejar de estar tan asustada, que ha sido sólo un pequeño corte. Por cierto, veo tus ojos muy abiertos, ¿no quieres cerrarlos, dormir un rato? Te hará bien.

Buscó entre las muchas cosas que había en un armario, hasta encontrar lo que quería: la aguja y el hilo.

-Vamos a cerrarlos, ¿bien?

Con ojos cosidos y boca también en una siniestra sonrisa, lo que alguna vez había sido la cabeza de su madre reposaba en un frasco lleno de agua. Sin embargo, esta se había teñido de rojo, permitiendo a duras penas visualizar el rostro de la mujer.

Ezekiel contempló las puertas, las del Cuarto Vacío.

-Permíteme entrar, gran señor, ofréceme tu sabiduría y también tu bendición, la bendición de la locura.

Lentamente las puertas se abrieron hacia afuera, haciendo que Ezekiel pudiera ver dentro una oscuridad que se extendía más allá de lo imaginable. Dejó tendido su cuerpo en ese mar de sombras, como si en agua flotase; dejó llevarse por la locura que acechaba desde todas direcciones y sintió cómo inundaba su mente.

-Shadow.

-Maestro.

-¿Me has traído lo que te pedí?

-Sabe bien que lo he hecho, maestro. Si así no hubiera sido, ahora mismo estaría muerto, o no hubiera vuelto.

-Bien: su cabeza en un frasco y su sangre en un vaso.

-Maestro, he alterado algo la segunda orden.

Ezekiel extrajo de su bolso el recipiente con la cabeza, y una copa de oro junto con él. Luego de quitar el objeto del frasco, metió dentro la copa sacándola luego lena de sangre. Se inclinó como pudo y ofreció ambas cosas.

-Para usted.

-No, Ezekiel, son tuyos. La cabeza es un recordatorio de tus actos, del camino que has elegido; la sangre es para tu disfrute, bébela como el vino que resulta ser.

Con algo de duda, Ezekiel se llevó la superficie fría a sus labios, sintiendo la sangre tibia entrando en su boca. Sabía deliciosa. Luego de tomar un sorbo, bebió más y más, hasta dejar en la copa vacía y relamiéndose con gusto.

-Bien. Ha llegado el momento. Finem Ore... es tuya.

Como serpiente, una vitrina se acercó despacio desde muy lejos. En ella, una magnífica espada de hoja negra y empuñadura dorada se alzaba orgullosa; Ezekiel extendió la mano desesperado, con nervios y ansias de portar el arma legendaria, la cual se detuvo unos centímetros frente a él.

-¿Puedo tomarla?

-Como quieras.

De un puñetazo, quebró sin dificultades aquel vidrio haciendo sangrar sus nudillos, y sus dedos rozaron la gema incrustada en la empuñadura de Finem Ore. Le recordaba momentos increíbles. Sangre derramada, sesos por todas partes, cabezas destrozadas sólo porque él quería.

En su interior, dos seres escondido se retorcía furiosamente, luchando por sobrevivir. Eran rápidamente consumidos por la oscuridad, lo que hacía que sus intentos vanos de librarse fueran más intensos.

Eran la cordura y los últimos rastros de bondad en Ezekiel.

Rió con una sonrisa macabra, y rasgó sus propias mejillas con el filo de la espada, mientras lamía el frío acero manchado de negro.

-¿Sangre negra?

-Sangre negra, la de un ser corrupto y maldito.

-Ese soy yo.

Torcía sus dedos para conservar la calma. ¡Se sentía tan bien, tener aquella arma! Abrió los ojos como platos y miró su reflejo en el mármol negro; ya no veía a un adolescente débil, un humano, sino una bestia desalmada y sanguinaria, con ansias de sangre humana.

Cap. 5: La apariencia de un ReyEditar

Asaltó el negocio rompiendo la puerta blindada que lo mantenía cerrado, y contempló feliz que el lugar estaba repleto de lo que él deseaba: ropajes lujosos, joyas, accesorios caros. Concentró su atención en un hermoso abrigo de terciopelo negro, que tenía lana por dentro; notó que no era muy caluroso, y no era para nada grueso, permitiéndole una movilidad perfecta.. Lo siguiente que encontró fue una camisa roja, y una corbata blanca. Arriba de esto, se colocó un chaleco negro y se cambió sus raídos pantalones por unos de cuero negros.

Los zapatos marrones le calzaban a la perfección. Y sus guantes, eran cómodos. Ya sólo faltaba algo para portar a Finem Ore...

El museo.

Allí, estuvo vagando durante cierto tiempo hasta que encontró lo que deseaba en una bodega: una gigantesca vaina para la espada, repleta de diamantes y detalles de oro. Parecía un verdadero rey, el rey que deseaba ser; con su espada imponente, propia de los gobernantes, y la vestimenta cara y majestuosa...

No demostraba realmente lo que era. Podría decirse que lucía como alguna persona de alta posición económica, pero no un rey. Sin embargo, el exterior no demuestra el interior.

Motivado por deseos de sangre y destrucción, empuñó fuertemente a Finem Ore mientras chasqueaba la lengua. Seguramente afuera estarían esperándolo patrullas de policía con armas de fuego; ni siquiera tenía entrenamiento con aquella espada, pero... tampoco importaba demasiado. ¡Se divertiría jugando con aquellos pobres humanos!

Sintió la oscuridad fluyendo como serpientes a través de su cuerpo: un sentimiento demasiado realista, pues literalmente su piel se movía como si seres vivos se escabulleran entre su carne.

Huesos, venas y arterias, piel, se desgarraron en el momento que cuatro enormes serpientes negras brotaron de su espalda y brazos. Rápidamente se liberaron de la prisión que el cuerpo de Ezekiel conformaba; deslizándose lentamente llegaron a sus brazos, donde nuevamente se introdujeron dentro de él.

Podía manejarlas a su gusto... ¡Eran sus armas! Eran...

Los Látigos de la Destrucción.

Tenía todo para ser el Rey que deseaba: poder, buena apariencia, y un reino... la Tierra misma, el universo, todo. Sólo le hacía falta su trono, aquel que se levantaría en medio de una gran ciudad con huesos y carne de los que en sus manos murieron; podría ver todo arder ante sus ojos, como tanto había deseado, la raza humana inundada en destrucción y locura...

Se sentía demasiado emocionado y ansioso, y se llevó una mano a la frente para tranquilizarse y librarse del dolor de cabeza que lo torturaba. Nuevamente tomó el control de su cuerpo, ordenó a los Látigos:

-Ataquen, mis hermosas serpientes.

Ezekiel se quedó parado, dejando de lado cualquier preocupación y permitiendo que las serpientes se estrellaran contra las cabezas y partes del cuerpo de los soldados y policías. Cerró los ojos y se sumergió en una especie de trance, entre abrazos de sus negros sueños.

"¿Qué eres tú?"

"Un rey. El que a todos dominará y gobernará."

Alzó la vista y contempló el centenar de cadáveres que se extendía a su alrededor. Con orgullo, empezó a caminar tranquilamente por la avenida mientras recordaba una pertenencia que había sacado de la casa de su madre.

"¿Para qué existes?"

"Para destruir, y ocupar mi trono como verdadero ser supremo por encima de todos los seres vivientes de la Tierra."

Rebuscó en uno de sus bolsillos y extrajo un pequeño anillo de plata: tenía una parte plateada y otra negra, por encima de la anterior, que tenía la propiedad de girar. Poseía grabada la ilustración de un pequeño escorpión.

Lo giró en su dedo anular mientras oía el ruido de un enorme vehículo aproximándose a su ubicación. Evidentemente y como pudo comprobar cuando miró hacia atrás, era un gigantesco tanque de guerra escoltado por jeeps llenos hasta el tope de soldados del ejército. Se dejó llevar de nuevo.

"¿Hacia dónde te diriges?"

"Hacia donde mi camino me lleve."

Se relajó y volvió a continuar su trayecto. Detrás suyo había dejado miles de humanos muertos, un tanque y vehículos destruídos y puro fuego.

"¿Quién eres?"

"Soy Shadow Chaos."

Durante un momento le pareció dormir, y cuando sus ojos volvieron a abrirse se encontraba en un desierto, frente a una majestuosa construcción de piedra que resultaba ser un muro: apenas vio esta defensa le vino a la cabeza una sola cosa, un lugar que él ya conocía antes.

-k'Arck.

Recordaba aquella ciudad como el primer y original refugio de los Superiores, una raza que podría considerarse la evolución de la humana. Sonrió cuando se dio cuenta de que se hallaba a sus puertas, las que resguardaban a sus más poderosos compañeros superhumanos.

Llamó a los guardias que vigilaban la entrada a la ubicación: dos poderosos superhumanos, junto a arqueros que suponía eran de tipo vampírico. Apenas lo oyeron, preguntaron quién era y respondió:

-Soy el Rey Destructivo.

Con algo de miedo que se notaba a lo lejos, los cuatro centinelas abrieron la puerta rápidamente, y le indicaron que pasara. Se inclinaron apenas Ezekiel dio sus primeros pasos en el terreno de su hogar soñado, k'Arck; lo primero que se le vino a la mente fue que Exitium les había informado de su existencia, de sus capacidades.

-Inclínense ante mí.

Se sentía completamente agrandado, superior, por encima de los demás. Pasó con la vista al frente, contemplando el templo de dimensiones gigantescas que se situaba en el centro de la locación; allí se encontraba el Rey de los Superiores, alguien que desde hace tiempo conocía y a la vez no.

k'Arck era una ciudad dominada en su mayoría por la raza de Inhumanos, con su indiscutible gobernante: el Inhumano Máximo, Azrael Axayacatl "Assassin Owl". Ezekiel se dirigió al templo con interés, deseando ver si aquel rey de verdad era como lo mencionaban.

Un tirano terrible. Nadie se atrevía a acercársele o a enfrentarlo, ya que iban a terminar muertos por su mano o por la de sus seguidores.

Con las manos en el bolsillo y el anillo girando, el asesino se plantó frente a la entrada el templo, la morada de Owl. Abrió de un patada, mientras miraba las decoraciones con aire despectivo. Todas tenían grabadas un símbolo extraño, que posiblemente representaban un búho.

-Vaya insolente, mocoso. ¿Qué te trae a mi hogar, Shadow Chaos?

-Buenas, Azrael. Nada en especial, quería comprobar si el rey era tan... terrible, como me contaban. Puedo comprobar que me han mentido; sólo veo un hombre sentado en un trono, fingiendo ser el merecedor de él.

-No deberías hablar así de quien te está permitiendo permanecer en k'Arck, Ezekiel.

-Lo sé, Azrael. Pero estoy dando mi más sincera opinión, ¿así que por qué no llegamos a un acuerdo y...

-Ni se te ocurra. No te ofreceré este puesto.

-Ah, bueno... supongo que querrás quedarte como "el rey" durante un tiempo más. No importa. El verdadero dios y amo de los Superiores soy yo.

-Sigue soñando, Eze, sigue soñando...

-No sueño nunca, soy realista. Prefiero ver lo que es verdad a vivir en una realidad ficticia; la tuya es creer que eres un ser supremo.

-Lo soy, y lo sabes.

-Nunca lo serás. O lo has sido. Pero hoy he llegado yo.

Ezekiel se encorvó y observó maliciosamente a Owl. No pensaba otorgarle el gobierno de un reino que siempre debió ser suyo.

-Parece que te has quedado sin palabras.

Se retiró caminando con aires de grandeza, como muesta del desprecio que le tenía a Owl. Como una burla más, escupió a un lado al pasar por la puerta.

-Qué insoportable eres, Ezekiel...

Ezekiel ya no lo oía, mientras descendía por las majestuosas escaleras del templo sin saber a dónde iba.

Cap. 6: La totalidad del cuerpoEditar

De a trozos, Ezekiel arrancaba trozos del cuerpo de un Sirviente por pura distracción. Había una duda que lo acechaba y necesitaba sacarla de su mente.

"¿Ya soy un Rey?"

Esa pequeña pregunta lo atormentaba desde que vio a Owl por primera vez. Se sentía poderoso, eso estaba claro, pero no creía que su cuerpo estaba en su totalidad.

Algo faltaba, sí, un detalle mínimo pero importante. El caso es que no sabía qué era.

Destrozó de un solo golpe la cabeza del desdichado con furia, sin saber cómo solucionar aquel problema y sin saber tampoco de dónde provenía. Se revolvió los cabellos en un esfuerzo inútil de responderse a sí mismo la incógnita que lo acechaba.

-¡Aaarhg!

Arrojó un puño contra el suelo furioso, y se sorprendió ver cuánta fuerza tenía: hace pocos años no habría podido partir una tabla, pero ahora... todos los adoquines de la calle se levantaron y agrietaron ante el impacto y volvieron a caer con un estruendo. Se miró los nudillos y no los notó ni siquiera rojos.

-Ja, ja, ja. Es sorprendente, ¿eh? ¿Podría haber hecho esto antes de pasar mi vida con Exitium?

Nuevamente se examinó y pudo encontrar una respuesta a lo que se venía planteando.

-Soy un Rey. Tendré el puesto que merezco cuando sea necesario. Por ahora mi única misión es cumplir lo que el maestro me ordene y obtener más poder...


En otro sitio, Exitium reía a carcajadas, podría decirse.

-El pobre Ezekiel se cree un Rey... lo es, pero eso solo, un Rey. No sabe lo que le espera en el futuro, no le pertenece el puesto de dios, ese es para otro individuo...

Junto a él y en medio de la habitación oscura, una figura encorvada se reúne al lado de su trono.

-Mi señor Exitium, mi hijo es de quien usted habla, ¿no?

-¿Y cómo no iba a serlo? Isaac Abernath, tu hijo mestizo y supuestamente impuro, es quien dominará a todos los seres de la Tierra, del espacio e incluso de los dioses mismos. Es supremo y poderoso. Apenas podríamos hacerle frente tú, yo y Chengyún rén juntos y en nuestro máximo poder.

-Los días brillantes en los que nuestro potencial resplandecía ha pasado, Exitium. El turno le llega a Isaac, a Mirror y a Shadow...

-¿A Ezekiel? No. Es sólo un experimento de lo que quiero lograr con Isaac, Abernath. Amigo mío, nosotros seremos los que guíen a tu descendiente a través de la senda celestial.

-De seguro, mi señor. Ahora toca reposar hasta que su "siervo y experimento" vuelva de su misión.

-Sólo vaguea por la Tierra.

-Lo sé, señor, pero... no niegue su peligrosidad.

-Vamos, Abernath, en lo que Ezekiel es capaz de destruir la Tierra con un chasquido, yo soy capaz de destruir el universo. Y ni hablar de mi madre.

-Somnium es capaz de todo y nada.

-Por favor, ahora te ordeno que te vayas. Seguiré esperando a mi juguete...


Ezekiel se presentó ante Owl con tres hombres escoltándolo detrás.

-Muy buenas, Azrael.

-Así que has decidido venir, eh... Mira que ahora estoy de mal humor, y sinceramente no tengo nada de ganas de que andes molestando por ahí...

-Por más mal que te sientas, yo tampoco estoy como para que me corras así como así. He venido con los únicos necesarios para derrotarte. Vamos, si no quieres morir baja de allí ya.

-Podemos resolver esto rápido. Este trono realmente no me importa ya... No hace falta el uso de violencia innecesaria. Déjame vagar por donde tu maestro reside y yo te permitiré ocupar ese codiciado trono.

Ezekiel consideró la situación y sonrió maliciosamente.

-Está bien, Azrael... te invito a que camines entre la morada de mi señor, ahora sal de ese trono y quítate de mi vista antes de que te aniquile.

Estaba seguro de que Azrael había caído en la trampa. Una vez que este se hubo marchado, rió a carcajadas observando la puerta. Con aires de superioridad, pronunció a la nada:

-¿Tuviste en cuenta... si mi maestro te dejaría pasar?

Se sentó finalmente en el trono que correspondía al rey de los Superiores y de la ciudad más peligrosa del planeta: k'Arck. Orgulloso de sí mismo, se regocijó durante un rato hasta que recordó una cosa: sólo allí era rey; ¿qué era en otras dimensiones?

Nada más que Shadow Chaos.

Entretenido, miró al cielo y se levantó dispuesto a convertirse en el supremo rey de todos los universos. Empezaría adelantándose en el tiempo en otra dimensión, y reuniendo a quienes ya conocía serían sus próximos compañeros; escribió varios nombres en una lista, y salió fuera del palacio.

Anbernatt, Dark Abyss, Glitchgamer, Mecaheart, Jack Arsonist y Hooded eran sus elegidos. Comenzó a caminar hacia el desierto a las afueras de k'Arck, mientras giraba el pequeño anillo en el interior de su bolsillo.