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Nota: Es un relato original basado en "El templo" de Howard Phillips Lovecraft y en el libro "20.000 leguas de viaje submarino" de Jules Gabriel Verne.

El relatoEditar

"Profundidades submarinas".

Esas palabras se me vinieron a la mente al observar millones de peces de distintas especies pasar frente a mí por la pantalla de cristal, como una enorme ola de colores.

El vigoroso, poderoso, e imponente Nautilus había cruzado abismos insondables pero en ese momento, derrotado, reposa eternamente en la fina arena sumergida.

Y yo fui uno de los que pudieron ver sus últimos días. Sin nuestro temerario capitán sólo éramos unos pobres marineros con un submarino destruido, abandonados para morir ahogados o enterrados.

Sin embargo, encontramos algo que podría ser llamado "un rayo de esperanza" en una pequeña cruz en la habitación del capitán Nemo. Adornada con gemas y con un pentagrama en medio; si mi memoria no me engaña, se la había quitado a un hombre a bordo, cuando este se hallaba rezándole a la divinidad a la que ese símbolo pertenecía.

Oh, cuándo habrá sido que nos convertimos como él, que confiábamos ciegamente en la fe que ella nos proporcionaba para salvarnos de nuestro inevitable destino, a manos del mar.

El caso es que el símbolo nos ofreció en vez de una salvación, un muy posible refugio: ya antes habíamos pasado por la asombrosa Atlántida, pero nuevamente encontramos un edificio similar a los de aquella ciudad, en medio de un lecho de coral. Suponiendo que tuviera un techo alto al que el agua no hubiera llegado, o lo que sea, tres valientes hombres se largaron con escafandras a inspeccionar el lugar.

Y las tres horas posteriores me las pasé leyendo en la biblioteca del capitán.

En un particular libro sobre religiones sectarias y satanistas, encontré una página que hablaba sobre algo que me atraía bastante: la misma cruz a la que habíamos acudido en nuestro momento de locura estaba allí dibujada, y debajo de ella decía:

"Aquel que encuentre este símbolo estará condenado a una terrible defunción a manos del mayor dios que jamás ha existido, que mandará a sus sirvientes dotados por mortíferas manos y que serán despertados de su letargo de mil años, en la morada de la muerte bajo los abismos marinos."

Tras haber pasado ese rato, vimos las luces de las linternas que los exploradores se llevaron aproximándose rápidamente, y nos sentimos felices por la posibilidad de sobrevivir; pero cuando los resplandores estuvieron cerca, me di cuenta de nuestro error.

Los que portaban esos faroles no eran marineros, sino dos criaturas humanoides, mezcla de pez y reptil, que utilizaban sus colas y patas para acercarse vertiginosamente hacia el Nautilus.

Lo comprendí por completo: aquellos eran los sirvientes de los que aquella frase hablaba, y la cruz maldita nos había conducido hasta allí, hacia la morada de la muerte donde ellos permanecían dormidos desde hace milenios, enviados por un dios que yo no conocía.

Redirigimos costosamente el arruinado Nautilus hacia arriba y hacia delante, con las esperanzas de salvarnos, pero apenas estuvimos arriba los monstruos gigantes atraparon el submarino. Yo logré escapar abriendo las escotillas.

El paradero de mis compañeros es incierto. Si bien yo me salvé, a los pocos días de estos sucesos salió a flote el casco de una escafandra, a la cual estaba atada la cadena de una cruz con un pentagrama en su centro.