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Recordó su rostro al contraerse y formar una macabra sonrisa. Recordó su rostro al relajarse y volver a obtener su expresión serena. Recordó estos repentinos cambios como lo recordaba a él mismo.

Nació como cualquier otro bebé corriente, y con el pasar de los años todo seguía igual. Entonces tocó el turno de nacer de su hermana; la pequeña era la tercera hija de un mercader bastante adinerado y también su perdición. A pesar de su pequeña riqueza y de que sus dos hijos mayores lo ayudaban con las tareas domésticas junto a su madre, pronto...

Aún no es momento de contar eso. Se empieza desde el principio.

El pequeño niño protagonista de esta historia era llamado Samael, a menudo abreviado "Sam" para no tener que decir su verdadero nombre, que significa "veneno de dios". Siempre había sido un niño bastante querido, travieso como todos, pero casi angelical.

Su hermano mayor recibía como nombre Jaron... "Grito de alegría" parecía haber predecido su futuro. Quizá no tan obediente como Samael, pero siempre un niño alegre y lleno de vida.

Su pequeña hermana recién nacida fue pronto llamada Eidel. Como "Delicada" indica, predijo más el futuro de su cuerpo que de su mente: pronto fue condenada a morir por cierta peste contagiosa que brotó en su cuerpo. Luego de su muerte, Jaron no había quedado del todo bien, mentalmente hablando.

Ya no era el mismo niño de antes, se había vuelto bastante reservado, irrespetuoso, e incluso podría decirse malvado en algunos casos.

Su familia no podía darle explicación a los gatos muertos en su jardín más que los extraños comportamientos de Jaron; no podían darle mayor explicación a las colas de rata halladas en los cajones de la casa que su actitud.

Samael por su parte, siempre se mantuvo estable y rechazó todo intento de la locura de adueñarse de su mente. Ignoraba a su hermano y todas las cosas horrorosas que hacía; estaba al tanto también de otras tantas que eran más crímenes que simples delitos, pero había decidido callar por respeto a su hermano y por la seguridad de su familia.

Sus dos padres tuvieron que viajar por un problema en el trabajo del hombre, por lo que Samael y Jaron se quedaron solos a cargo de la casa.

Llegado a cierto punto, Jaron no resistió más con esos simples actos, y se inclinó más por otro asunto: encerró a su hermano en la bodega de su casa y lo ató con cadenas. Allí, todos los días, le proporcionaba una serie de torturas que ningún humano hubiera podido resistir, pero que él aguantó por su propia salud mental.

Siempre al borde de perder la razón, Samael se encontraba en su peor momento físico: las heridas en todo su cuerpo y los moretones de su torso amenazaban con un riesgo mayor que sólo eso. Su rostro era casi irreconocible, y se había transformado en otro completamente.

Soportó todo eso pensando que en algún momento volverían sus padres y descubrirían a su hermano. Pero un día simple en el que parecía que Jaron había recuperado la capacidad de hablar, le reportó que su padre había matado a su madre y luego se había suicidado.

En ese punto, algo no estaba bien con Samael. Algo se había roto, pero hasta mucho después, lamentablemente fue imposible de notar.

Su hermano fingía ser completamente normal frente a otros, pero cuando estaba a solas con Samael era el diablo en su estado más puro. Cuando les ofrecieron a los dos vivir en casa de sus tíos, Jaron aceptó sin Samael poner una sola palabra.

Se mudaron de la ruinosa casa de sus progenitores a una más nueva, más grande y más moderna.

Samael seguía con su actitud calmada, obediente de siempre, pero la vida dentro del niño faltaba ya. Lo que antes había sido un pequeño alegre, travieso, juguetón, ya no existía, y un vacío sin forma de llenar acechaba en su interior.

Llegado el día, Jaron apuñaló tanto a su tía como a su tío, y los dejó agonizando en un baúl. Cuando pudo, puso sus cabezas arrancadas a asar y le dio de probar a Samael, el cual aceptó sin mostrar asco o repugnancia. Las expresiones faciales ya no eran propias de él.

Samael no tuvo problemas hasta que Jaron asistió por primera vez en mucho tiempo al colegio. Sin piedad y sin ningún tipo de provocación, asesinó a las dos mejores amigas de Sam: Anne y Cora; en ese momento la calma característica del desdichado cambió.

"Trastorno de Doble Cara"

Así diagnosticaron el problema del joven, que tras destripar a su hermano violentamente, cambió su forma de ser para siempre.

Repentinamente su actitud y personalidad cambiaban: pasaba de ser el chico reservado y tímido de siempre a otro diabólico, ansioso de dolor ajeno. La sonrisa que esta segunda persona tenía no era normal, demostraba una fuerte inclinación hacia todo tipo de actos macabros.

Con una sonrisa tierna, el pobre chico se miraba al espejo, y sólo veía a un monstruo sediento de sangre cuyo rostro le asustaba. No había nada que hacer para cambiarlo.

Iba a ser permanente, aunque por más que ya el pequeño lo hubiera aceptado, este cambio de personalidad era verdaderamente irritante. Entre sus sueños se veía a sí mismo: cabello azul, los mismos ojos dorados, la tez pálida de siempre. Pero esa sonrisa con colmillos no era propia de él, y no podía entender por qué le había sucedido eso.

Y una y otra vez, despertaba bañado en un sudor frío y sintiéndose agitado.

A pesar de estos cambios, su familia (o lo que quedaba de ella) lo seguía queriendo con todo su corazón; por más que el pequeño transformado intentaba herirlos, lo seguían aceptando de brazos abiertos.

Y una y otra vez, se sentía arrepentido de tener que molestar así a los que le daban amor… La sensación de ser la segunda cara de una moneda no desaparecía, como tampoco desaparecía la otra cara de esa moneda. Dos caras tan iguales y tan diferentes al mismo tiempo. Asimétricas pero simétricas. Ambas caras eran físicamente idénticas, pero las almas de cada una eran realmente diferentes.

Sus sueños eran retorcidos y pasaban por ser pesadillas. En el mundo del subconsciente, se sentía sumido en un trance extraño y maravilloso; su cuerpo estaba fortalecido y el poder dentro de él era tan grande…

La situación era incontenible. Los múltiples ataques de ira del pobre, ya crecido, habían llegado a tales extremos de matar a su propia tía sin piedad; la verdadera personalidad del muchacho se lamentaba de padecer del problema, pero ya nada podía hacer… Estaba desesperado.

Para mantenerse cuerdo durante todo el tiempo posible, escribía algunos cuentos y su autobiografía; el único refugio de ese monstruo estaba en el papel. Pero nada sucedió. Nada cambió y todo siguió igual. En cierto momento tuvieron que llevarlo a un psiquiátrico.

Allí permaneció encerrado durante meses, quizá años, escribiendo su diario y explicando su situación. Sus últimas notas no eran más que rayones e incoherencias imposibles de leer. No podía dormir, acechado por esa personalidad tan maníaca, a quien había apodado “Mirror”. Si se veía reflejado sólo podía visualizar a Mirror con su característica sonrisa diabólica.

Su salud comenzó a decaer, junto a su personalidad común, la cual estaba casi extinta; la locura de Mirror era demasiado para el carácter débil del joven.

Lo hallaron muerto en su celda una noche de Marzo, con el corazón atravesado. No pudieron encontrar el arma y mucho menos al asesino: lo único sospechoso era que el espejo estaba distorsionado.

Las últimas palabras que escribió fueron:

“Me encuentro nuevamente en esa oscura… y me sigue persiguiendo… No va a parar hasta que me vea muerto… No quiero que… Las paredes se cierran junto a mi pecho, y…”