FANDOM


Era sólo una pequeña choza, pero a la niña Juno le gustaba. Allí solía pasar los ratos: se llevaba enormes libros, cuyos temas eran usualmente desde cuentos infantiles hasta alquimia. No conocía al propietario de dicha caseta, aunque tampoco le importaba; era su amiga, la que le ofrecía su abrigo, la que la resguardaba de la compañía y le proporcionaba la soledad. Juno no era una pequeña a la que le gustara estar acompañada. Sus libros, su caseta y ella misma era lo único que necesitaba; era ideal, era perfecto, lo que más deseaba.

Y así pasaron los años. La pequeña Juno seguía yendo cada tarde, a la hora de la siesta, a los lugares más recónditos del bosque para explorar, volvía a la caseta donde tenía escondido su tesoro. Un cofre, un pequeño cofre viejo, de madera y bronce, con sus más bellas poesías dentro. Todas escritas por Juno.

Algo allí era mágico: los aromas de las flores, el viento rozándole dulcemente el rostro, la madera desgastada de las paredes que parecían abrazarla. Casi parecía que ese bosquecillo, ese sitio tan hermoso, amaba a Juno y recibía también su afecto. La niña era bastante baja, con un pelo negro cuyo reflejo que a la luz del sol era violáceo, su pálido y tierno rostro expresaba felicidad todo el riempo; sus ojos devoraban libros sin cesar, sus ojos grandes, cafés, que poseían un brillo nunca antes visto.

Sus padres peleaban bastante. Uno decía tal cosa y el otro algo muy diferente, cosas que a Juno no le importaban pero que ellos decían eran por ella; y era cierto, pues se peleaban por la educación de su hija, limitada duramente a los libros de su hogar. La madre rezaba porque algún día pudiera estudiar en la universidad, más alejada del campo y las zonas rurales. El padre no quería que fuera abogada, y que trabajara en su huerta cuando creciera. Sin embargo, no tomaban en cuenta la opinión de su hija. Ella hace mucho, desde sus cuatro años hasta sus escasos siete, deseaba ser escritora algún día; que alguna pequeña, que habitara en algún lugar muy lejano pero igual de aislado que su casa, leyera uno de sus libros y se divirtiera con entretenidas historias infantiles.

Un día se presentó con su misma fachada cariñosa de siempre ante sus padres y les dijo:

-Mami, papi, ¿puedo ser escritora?

Tanto la madre como el padre estaban anonadados. ¿Su hija, una escritora? ¡Ja! Su mamá se rió frente a ella, su padre frunció el ceño y la miró con dureza.

-No -pronunció cortante.

-Pero...

-¡No, he dicho! ¡Con eso no te ganarás la vida! Es más, le diré a tu madre que te consiga una vacante para tus dieciocho años en una universidad de Nueva York. Es mejor que vayas estudiando.

Juno bajó la cabeza, apenada y avergonzada. ¡Sus padres, los que le dijeron algún día "te acompañaremos en lo que decidas" ahora la traicionaban! ¡Se reían en su cara! ¿Por qué hacían eso? Se alejó llorando, con su libro de "20.000 leguas de viaje submarino" debajo del brazo. Llegó a un claro del bosque, donde un rayo de sol iluminaba el centro; se posó sobre la hierba, que estaba tibia por el calor. Abrió de par en par las dos tapas de cuero del libro, leyó durante un rato, mientras sus lágrimas humedecían las páginas por cada frase.

En ese instante, ese momento de frustración y tristeza, odió a sus padres como jamás lo había hecho. Se burlaban de ella, de sus sueños. Y no podía soportarlo; así pasó el tiempo hasta que se dirigió a su escondite, a reescribir algunos poemas y, a pesar de la oposición de sus padres, se puso a escribir un corto cuento. Algo para niños, que pudieran leer y disfrutar.

Demasiado bien le salió. Perfecto. Una muy linda historia, que de seguro a los infantes les divertiría por un rato. Se enorgulleció de su obra, y la tomó con cariño entre sus pequeñas manitas, para luego abrazarlo con una enorme sonrisa en el rostro.

Amaba escribir. Sus poemas y pequeñas historias; todas, con temas hermosos para niños, enigmas para jóvenes y alquimia complicada para adultos. Había aprendido mucho gracias a su lectura. Los libros la habían inspirado a todo. Pasaron los años, y la caseta del bosque era su refugio, su guarida, donde podía ser ella misma sin que nadie le dijera nada. Amaba esa cabaña. A la edad de doce años, escribía tanto como respiraba: y nunca dejó de hacerlo, pues si lo dejaba se entristecía muchísimo. Ya estudiaba en una escuela del suburbano, donde aprendía más para escribir que para todo lo demás. La maestra de Literatura era como una segunda madre para ella.

Y llegó el momento, a sus dieciocho años, de irse a la universidad. Escondió sus poemas y cuentos más valiosos entre su equipaje, y el resto de su tesoro allí en la caseta. Partió en el tren más próximo, dirigido a Nueva York; miraba por la ventana mientras aumentaba la velocidad, con los preciosos paisajes del campo alimentando su creatividad. Algo necesitaba escribir.

Tomó de su bolso una pluma y una hoja. Entre muchos ensayos de historias cortas, logró sacar un buen poema, el cual mostró a su compañero de asiento, un hombre mayor que se encontraba leyendo un grueso libro de idioma. El señor asintió a la petición de Juno y hojeó rápidamente los bocetos de poemas, todos muy profundos y admirables; una vez que terminó de contemplar la casi perfecta letra de Juno en aquellas páginas, abrió bien los ojos para mirar a Juno, se ajustó los anteojos y dijo:

-Joven, estos poemas son de verdad excelentes. La forma en la que narras historias ficticias, de modo que parezca casi real, hace que puedas imaginarte las escenas como sucedidas realmente. Un verdadero prodigio como escritora se encuentra frente a mí. ¿Cómo es tu nombre?

-Mi nombre es Juno Dheos. ¿Le interesaría leer otros de mis escritos? Tengo muchos aquí guardados.

-Sería un placer, señorita Juno.

El evidente lector aficionado, se pasó la mayoría del viaje admirando las obras, las bellas poesías e historias de Juno. Imposible decir que no le encantaron. Varias veces intentó dormir el pobre hombre, pero la duda de no poder saber cómo continuaban lo mantuvieron despierto. Juno, por su parte, se durmió profundamente y soñó dulcemente, soñó con explorar secretos de la creación, tocar con los pies el pasto verde de su tierra natal y con encontrar de nuevo su caseta con la manos, la madera vieja.

Este último deseo no le tardó mucho en llegar, sin embargo, no de la manera que esperaba...

Luego de seis años de arduo estudio en la universidad de Nueva York, ciudad en la que clandestinamente publicó libros bajo el nombre simple de "Juno", le tocaba la hora de regresar a su hogar. Nuevamente el tren atravesó las rutas, los enormes edificios y los parques inmensos del centro de la ciudad. El tiempo pasó casi volando para la ahora muy bella Juno, tiempo en el que aprovechó para narrar en cuentos las experiencias vividas durante su ausencia. Cortejada permanentemente por los jóvenes del tren.

Una vez que pudo posar los pies sobre tierra firme, corrió con el vestido volando hacia su casa. Allí, abrió excesivamente fuerte la puerta y fue al encuentro de sus ancianos padres. La recibieron con los brazos abiertos, y el llanto de alegría cubrió sus rostros por un momento. La bienvenida era realmente emotiva, pero Juno tenía algo pendiente...

Parecía que las hojas y ramas que rozaban la piel de Juno lo hacían para demostrarle la alegría de su llegada. En lo que todo parecía gris antes de atravesar los primeros árboles, ahora estaba de color. Vivos colores, muy hermosos. El cielo se conservaba nublado, mas las hojas naranjas de los árboles y las del piso brillaban como nunca; los pájaros no cantaban, se mantenían algo así como inclinados ante la presencia de Juno.

La escasa robustez de la caseta no había cambiado, pero el musgo que cubría las paredes demostraba edad. De alguna manera, Juno recibía el abrazo y la calidez del lugar. Observó durante un rato el pequeño cofre, cada vez más viejo, en el rincón de la cabaña. Lo miró con cariño, como un hijo; buscó algo pequeño, esperando encontrarlo en su bolsillo, y allí estaba: la llave de bronce, la llave para abrir el cofre.

Entonces se dio cuenta de su terrible error: el cofre estaba abierto, y su contenido no se hallaba dentro. Regresó corriendo a su casa, donde sus padres la observaban con el ceño fruncido. El padre se apresuró a decir:

-Así que, al final, no nos hiciste caso.

Juno estaba realmente asustada. Habían descubierto su secreto, e incluso al ver el éxito que había tenido en el mundo (más de 9.500 copias se esparcieron por bastantes países) no se enorgullecían de tal cosa. Su madre le tiró del cabello y le dio una bofetada. Su padre le miró amenazadoramente y le hizo señas a su esposa, que echó a Juno de la casa.

De nuevo, la chica estaba desconsolada. Tomó todos sus libros y salió corriendo dirigida hacia la cabaña del bosque. Su caseta. Su lugar ideal. Tropezó, cayó y se volvió a levantar con tal de alcanzar aquel sitio; las hojas volaban junto a su vestido, acompañándola. Una vez estuvo allí, pareció que hablara el bosque.

El viento susurró.

-Sí, mis padres no me comprenden. No quiero ser aquella mujer que ven allí plantada como una abogada, sino esa, la escritora Juno. Cómo desearía ser ella.

Nuevamente, el viento susurró a su oído.

-La verdad es que no. No le veo salida. Si llego a desear convertirme en escritora ignorando completamente las decisiones de mis padres, seguramente nunca volveré a salir de mi habitación; ¿a ti se te ocurre algo?

El silencio se hizo. Mas pronto, el aire alrededor de Juno azotó las paredes de la caseta. Juno se recostó en el suelo, junto a la pared de la cabala del lado de afuera.

-Eso quisiera, pero no creo que sea posible.

El viento pareció enfadarse, pues corrió los cabellos de Juno a su rostro.

-Está bien. Por siempre quiero quedarme aquí. Por siempre, por siempre... por... siempre...

Poco a poco, la joven fue cayendo en el abismo de los sueños, en el reino del subconsciente. E igual de lento que como ella lo hizo, unas raíces fuertes y grandes la enrollaron, cubrieron su cuerpo, como si estuvieran vivas; después de sólo un minuto, Juno estuvo completamente cubierta por las ramas, y pequeños tallos salieron de éstas...

El hombre, Jaime Dheos y su esposa, Carla Dheos, lloraban desesperadamente. Tomaban la tierra entre las manos, en un intento vano de recuperar lo que habían perdido; sabían que era imposible, pero nada perdían con intentarlo. Por más que los leñadores trataron de convencerlos, nunca les permitieron cortar las raíces de aquel árbol repentinamente aparecido junto a la caseta derruida del bosque. Había crecido junto a la choza, apoyado en ella, como reposando a su lado. Y más que nada, no les permitieron cortar sus hojas y tronco, que conservaban los colores...

Los colores marrón oscuro, en el tronco, de los ojos de su hija, y hojas negras que al sol se veían violáceas.