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El niño abandonadoEditar

El niño lloraba como el que está siendo asesinado de forma brutal, como el que sufre en la horca segundos antes de dejar de moverse. No lo quieren, estaba siendo rechazado y abandonado en una fría calle de la ciudad, sin protección.

Miró al cielo con deseos de alzar las manos en un intento de ascender de nuevo con sus progenitores. Con sus dos padres.

-Cariño, ¿oyes ese llanto? Parece de un niño, y es cercano...

Nuevamente el pequeño se largó a llorar con todas sus fuerzas, y se cae al piso en un intento de saltar hacia el cielo. Pronto llegan una mujer joven acompañado de un hombre de la misma edad aproximadamente, preocupados por el ruido que en la noche provocaban esos gritos.

-¡Mira, mira! ¡Es un niño! Ay, Dios me ha sonreído por fin y me ha dado lo que tanto deseaba...

-Mary, sé que hace mucho deseas un hijo, pero realmente existe la posibilidad de que este niño pertenezca a alguien...

-¡Olvídalo! ¡Me lo llevo!

La mujer se inclinó y miró con dulzura al pequeño.

-¿Cómo te llamas, bonito?

-I... Isaac.

-¿No tienes apellido?

-Soy... Isaac Abernath.

-Abernath. Qué lindo apellido. Ven, ven conmigo a mi hogar, te cuidaré muy bien.

Secándose las lágrimas, Isaac tomó de la mano a la mujer y la acompañó con alegría al humilde departamento que habitaba.

"El que nació y vive solo, morirá solo."

Siete años despuésEditar

La mujer no podía comprender el rechazo que poseía Isaac hacia los demás. Estaba completamente decidido a no relacionarse con cualquier ser humano con el que se encontrara, ya casi se podía decir que era mudo.

Se rehusaba completamente a salir de su habitación, ya ni siquiera respondía a cuando alguien le hablaba. Su madre, que lo había cuidado durante tanto tiempo y conocía bien a Isaac, insistía todos los días en tener una charla; y como siempre, el joven callaba sin dedicarse a mirarla a la cara.

"La humanidad es un asco. Si fuera a decir razones me tomaría toda la vida, así que... ¿Para qué nombrarlas siquiera? No tengo por qué convivir con estas abominaciones; prefiero quedarme solo y morir solo." Era una típica frase de Isaac.

En una ocasión, Mary irrumpió en su cuarto sin consultárselo antes, cosa que molestó al solitario como nunca. La arrojó rápidamente contra el pasillo en un ataque de locura, y atrancó la puerta.

Fue entonces cuando decidió por fin irse de aquella casa.

Durante la noche, abrió la ventana de su cuarto y saltó por ella: a pesar de estar todo el tiempo encerrado era muy ágil, y no le costó aferrarse a la saliente del marco. Arrojó su colchón y aterrizó en él al soltarse. Cubrió todo con los arbustos que rodeaban la edificación y salió corriendo.

Vio la ciudad a unos pocos pasos de distancia. Tantos edificios serían ideales para esconderse por siempre. Y permanecer solo, como tanto deseaba.

Así llegó, con el corazón a mil, a una calle de un barrio realmente pobre. La desgracia para Isaac fue que justo a esa hora por allí pasaba una patrulla de policía, que lo vio sentado junto a un contenedor de basura: el oficial que conducía asomó la cabeza y dijo:

-Niño, ¿estás solo? ¿No tienes familiares por aquí? A estas horas de la noche no es recomendable que un chico de tu edad ande por ahí lo más tranquilo; te pido por favor que te dirijas a tu hogar sin poner objeción y no salgas más.

El joven no se molestó en responder. Siguió mirando las estrellas callado y sin inmutarse.

-¡Oye, ¿me estás escuchando?!

Sorpresivamente, el chico agachó la cabeza y miró con desdén al policía.

-Sinceramente no, no estoy oyendo las palabras que salen de tu sucia boca. Si tienes la bondad que se debería necesitar en todos los humanos, cállate y deja de contaminar mis oídos y el aire mismo con tu palabrerío.

-Menudo idiota... ¡Bien! ¡Vamos! ¡Ahora mismo te llevaré a la comisaría!

Bajó de la camioneta y tomó a Isaac del brazo; este reaccionó de forma violenta y le dio un rodillazo en el estómago.

-¡No te atrevas a tocarme, criatura inmunda! ¡Peste! ¡Escoria!

Nuevamente golpeó al hombre, esta vez en la cabeza, y con el codo lo dejó en el suelo. Apretó su cuello a más no poder, y en menos de dos minutos el oficial había muerto.

-Je... je... Bueno, no tengo tiempo que perder regocijándome. Debo encontrar algún sitio que me permita esconderme de la sociedad, ahora...

Un disparo en el hombro no le permitió terminar la frase.

"La violencia es una de las peores pestes del hombre. Yo también la promuevo. Por eso, en mi último aliento y en el fondo, sigo siendo humano."

El OrfanatoEditar

Sin que sus ojos tuvieran la suerte de poder ver hacia dónde lo arrastraban, Isaac dejaba caer la cabeza a un costado por más que se ordenaba a sí mismo levantarla y observar el lugar en el que se hallaba; quería resistirse a la intención del policía de llevarlo a algún sitio, pero el dolor en el hombro no se lo permitió.

-Suéltame... no quiero... que me toques... Basta, bestia apestosa... peste... basura...

-No te voy a hacer daño ni nada parecido: porque te tengo compasión y algo de pena, te llevaré en cambio a un orfanato. Es mejor que llevarte a la comisaría, ¿no?

El joven abrió los ojos como platos. Pensando en todos los niños insoportables y toda la gente que había en un orfanato, sus fuerzas volvieron.

-¡¿Un jodido orfanato?! ¡¿Un jodido orfanato?! ¡No! ¡Suéltame, ya, no pienso ir a un maldito orfanato lleno de infantes asquerosos!

-¡No tienes otra opción, muchacho! No me has dicho el nombre de tus padres y te rehúsas a hablar, es más que necesario conseguirte un hogar o refugio urgentemente.

-Bájame, ya. Ahora. Sin excusas, ¡no quiero entrar a un sitio lleno de niños y mucho menos por adultos!

-¡Ya deja de lloriquear y hazme caso! Entrarás a ese orfanato quieras o no, es mi decisión y la más responsable, no tienes derecho a oponerte.

Cruzado de brazos, Isaac se dejó llevar por los brazos del oficial hasta un edificio gigantesco, de ladrillo puro, que se notaba viejo.

Ya adentro, percibió un olor a podredumbre impresionante, proveniente desde cada esquina del vestíbulo: enredaderas se arrastraban como serpientes en las paredes, y musgo inundaba el suelo y techo. También se oían gritos desde algún lado de la edificación; no eran de sufrimiento, sino de alegría... unos gritos que Isaac no podía soportar.

Estalló pronto, arrojando patadas y puñetazos al aire y finalmente derribando al policía, que cayó pesadamente a sus pies. El joven se libró de las manos que aún lo sostenían, y observó a su alrededor. No había más que ruinas dentro de la habitación.

-No tengo razón para estar aquí...

Se dirigió a la salida, apresurado, ansioso de salir de aquel sitio. Pero una mujer le bloqueó el paso y cerró la puerta con llave.

-Hola chico, ¿qué haces aquí? ¿Te dejaron? No importa ya; ven con nosotros a cenar, que de seguro tienes hambre y todos debemos ir a dormir pronto. Las luces se apagarán en dos horas.

Isaac se asqueó, y se rehusó a asistir a un sitio repleto de infantes.

-Olvídelo, señora. No tengo ganas de hallarme en un lugar lleno hasta el tope de niños insoportables y ruidosos.

-Oh, pues... Simplemente quédate en el dormitorio si gustas. A pesar de que no hay muchas camas disponibles, te aseguro que podremos encontrar algo.

El muchacho observó con desdén a la mujer y asintió fríamente con la cabeza. Metió sus manos en los bolsillos de su chaqueta y atravesó una infinidad de puertas hasta llegar a la habitación donde se suponía que los chicos más adultos dormían.

-Bueno... no es lo que esperaba, pero al menos es un dormitorio para jóvenes y no el de niños pequeños. Quizá pueda dormir en paz...

Miró a un costado con tal de distraerse y se dio cuenta de un pequeño detalle: en un cartel, enmarcado, rezaba: "Orfanato Halls: Dormitorio de Mujeres". Espantado, trató de abrir la ventana que se alzaba por arriba de su cama, y se dio cuenta de que estaba cerrada.

-¡¡¿Es una jodida broma?!! Deben tener un lugar libre en el dormitorio de hombres... Si no, esta misma noche me largo de aquí.

Bajó las escaleras de caracol que llevaban al dormitorio de la dueña del orfanato.

-Señora, necesito hablar con usted ahora mismo. No me interesa si está a rebosar, consígame una cama libre en el dormitorio de hombres. Me mandaron al de mujeres por accidente, eso debe ser... ¡Ya, apúrese!

-Hijo, estamos tratando de comprar un nuevo camastro para el dormitorio de hombres, pero recién llegará mañana. Por hoy, simplemente quédate allí.

Trató de cerrar los ojos con su paciencia al límite, y al borde de un nuevo ataque de locura. Destrozó una tabla suelta a golpes intentando contener su furia.

Entonces, simplemente el sueño le llegó de repente. Con un último suspiro, le dio un golpe a la ventana.

...

Mientras miraba a su alrededor se percató de una cosa: al menos diez ojos lo observaban con atención y algo de extrañeza. Se levantó bruscamente y echó una última mirada de desprecio a las muchachas que lo habían estado mirando.

Sus ojos captaron algunas frases: "¿Es una chica?", "¿Será travesti?", "¿O... es un hombre?".

Se dio vuelta y las miró con furia.

-Por favor, no me hagan caso porque no tengo ganas de hablar con ustedes. No tengo porqué dar explicaciones, si quieren pídanselas a la dueña; aléjense de mí, y ni siquiera me miren.

Las chicas rieron burlonas, e Isaac pateó la puerta llenándolas de insultos, para retirarse luego.

Con las pocas luces de la lejanía amenazando con quemarse, Isaac contemplaba asombrado el paisaje desolado de detrás del orfanato: todo un bosque quemado, destruido, reducido a cenizas. Completamente inhabitable para cualquier ser vivo.

Se apoyó en la ventana y pronunció:

-Desearía morir solo...

Repentinamente, las grietas asomaron por el vidrio que a los pocos segundos se llenó de líneas y finalmente quebró. Isaac sonrió ampliamente al caer desde el octavo piso, y se preparó para dar un abrazo a la muerte que tanto deseaba.

Al impacto, sintió algo romperse.

"Vivo porque causo sufrimiento a otros y otros me causan sufrimiento a mí."

El InternadoEditar

Sorpresivamente, lo único que escuchó quebrarse cuando su cuerpo se estrelló contra el suelo fue su pierna, que quedó inutilizable. Trató de arrastrarse como pudo entre la maleza del patio del orfanato, mientras se ordenaba a sí mismo no gritar pese a todo el dolor que la rotura le causaba; mordía su lengua con tal de soportar hasta llegar a algún lugar solitario.

-Bueno... No era así como yo lo esperaba pero... al menos podré morir abandonado, solo y sin nadie a mi alrededor...

Antes de desmayarse, se dio cuenta de que no había ningún sitio como el que él deseaba. Oyó sirenas de una ambulancia y de una patrulla policial, y se paró por más que quería echarse a descansar; corrió con todas sus fuerzas hasta finalmente quedar dentro de una zanja.

Al rodar hasta el hueco, se golpeó la cabeza, y rápidamente se dejó estrechar por los brazos de la inconsciencia.

Cuando despertó por fin, era mediodía: no se oían sirenas o alguien buscándolo, por lo que supuso que seguramente ya habían dejado de buscarlo y lo dieron por muerto; rió con sorna, aunque no podía parar de escupir sangre al hacerlo.

-Pff... si voy a morir desangrado por esta maldita pierna rota, quiero que sea en otro sitio más bonito; una zanja no es un muy buen ni muy agradable para fallecer. Debe haber un cementerio por aquí cerca, o algo así.

Nuevamente se obligó a ponerse de pie, y caminó hasta quedar a las afueras de un gigantesco edificio que parecía viejo.

-Seguro no hay nadie allí. Es buena idea quedarme dentro; más que nada ahora que el cielo empieza a nublarse... a lo mejor llueva.

Cruzó el enrejado pasando por debajo de una abertura, y se incorporó para seguir hasta una puerta oxidada. La abrió violentamente de un puñetazo, cosa que hizo que el cristal de la pequeña ventana se rompiera y cayera al suelo.

El dolor era ya demasiado y se arrojó al piso, pero aún no deseaba que la vida lo abandonara en el piso. Una cama, una silla, algo para apoyarse consideraba más apropiado para suicidarse o finalmente desangrarse; las escaleras que continuaban un pasillo lo hicieron tener que tirarse otra vez al piso. Frente a él había un cartel que indicaba: "Dormitorio".

-¿Será esto... otro orfanato? ¿O un internado sin gente? Bah, qué importa; mientras no haya ni un alma con vida estaré bien.

La alarma del fin de clases interrumpió sus pensamientos, y una oleada de jóvenes ansiosos de salir al patio lo atropelló. Sus ojos lentamente se cerraron y su mente cedió ante un golpe fuerte en la cabeza.

...

La sensación de estar siendo vigilado apareció de nuevo, y sus párpados se abrieron para revelar a al menos diez chicos y chicas observándolo atentamente. Cuchicheaban entre ellos e incluso llegó a escuchar que preguntaron si estaba vivo. Rápidamente Isaac se levantó, se limpió el polvo de la ropa y dijo:

-No, no estoy muerto. Ni podría estarlo junto a personas como ustedes. Si voy a morir, no quiero que sea en un lugar lleno de gente.

Los demás lo observaron con algo de ira, pero se contuvieron y continuaron con su recorrido hacia el patio. Isaac logró llegar arrastrando la pierna a la entrada del dormitorio; oyó un grito en la lejanía, y supo que habían encontrado el reguero de sangre que había dejado su pierna lastimada.

-Je... al menos logré espantarlos. Apuesto que los imbéciles de antes no se habían fijado que un enorme hueso sobresale de mi rodilla. Es casi gracioso la poca atención que prestaron.

Se apoyó en la pared frente a la entrada, y abrió con brusquedad. Frente a él había una habitación atestada de camas, con unos pocos muebles y muchas mochilas, posiblemente el equipaje de cada estudiante; se echó en el piso a dormitar, mientras esperaba a estar fortalecido nuevamente.

-Tsk. Esta herida no me matará, así que esperaré a recuperarme y ya me suicidaré yo mismo.

Durmió quizá por días, hasta que por fin lo despertó una voz ronca, de adulto sin duda; Isaac fingió seguir desmayado, pero pronto lo sacudieron y se vio obligado a protestar. Se levantó y derribó de un puñetazo al profesor que perturbaba su sueño.

-¡No tienes una pizca de derecho a molestarme mientras descanso, ¿entiendes, pedazo de estúpido?! Ahora volveré a dormir, y mejor que no vuelvan a despertarme porque entonces no será un puñetazo lo que vaya a derribarlos.

Los estudiantes que acompañaban al maestro lo ayudaron a incorporarse, se quitó la sangre del labio y le dijo:

-Joven, este es el lecho de otro alumno que no es usted, le pido por favor que se retire o que me acompañe a ver al Director para solucionar este malentendido.

-¡Y una mierda! Arhg... está bien, como no tengo ganas de discutir y mucho menos con basura, me dirigiré a la oficina del Director.

El Director: un tipo que podría parecerse casi a un general: el ceño fruncido sólo era un detalle para el resto del rostro repleto de arrugas, por no hablar de la furia que se notaba en sus ojos. No apartaba la vista ni por un segundo de la de Isaac.

-Profesor, ¿con qué razón me trae a este joven hoy?

-No es un alumno, señor Director, y se coló en los dormitorios de los estudiantes. Lo atrapé mientras dormía y hoy lo traigo con usted para que decida qué hacer con él.

-Hm... Pues, no tengo tiempo ni ganas de enviarlo a un orfanato, así que... Oye, eh...

-Isaac.

-Isaac, ¿te gustaría formar parte del Instituto Rojo?

-No tengo opción, ¿verdad? Pues sí; pero para eso exijo un dormitorio privado. Y que a partir de mi hora de sueño, nadie se atreva a entrar en mi cuarto.

-Podemos aplicar la regla de que no te moleste nadie, pero lo del dormitorio privado es imposible. Apartaremos tu lecho de los demás y con eso deberás conformarte.

-Tsk... bien.

Isaac pateó la silla del profesor a su lado para que se cayera, y se retiró sin ningún respeto de la habitación. El Director suspiró.

-No será un alumno ejemplar, ¿eh?

-Sin lugar a dudas, Director.

Durante toda la semana, el joven permaneció en el instituto asistiendo a clases diariamente. Usualmente en estas, sólo miraba por la ventana o escribía en las hojas que correspondían a los deberes, horribles palabras relatando su estancia en el internado.

En una ocasión, llegó a romper el cristal de un ventanal porque no aguantaba estar en esa clase. Rodeado de gente era donde se sentía más incómodo, y cuando los profesores le llamaban la atención por estas cosas no le daba importancia, y seguía con lo suyo.

No tenía amigos, ni siquiera uno. A pesar de que muchos se dirigían a él para tratar de conocerlo, Isaac se rehusaba a hablar con ellos.

Cierto día, se le acercó un maestro a conversar sobre eso, y el muchacho lo mandó a callar de un golpe.

Finalmente se decidió por seguirles el juego, fingir empezar a socializar. Por el día se juntaba con algunos compañeros de clase; por las noches y en soledad, se reía de su ingenuidad. Finalmente casi todo el internado y mayormente su clase, creían inocentemente ser sus amigos.

Llegado a cierto punto, estaba rodeado de gente casi todo el tiempo. Voces que retumbaban constantemente en sus oídos y no cesaban lo acompañaban a diario; se le hacían insoportables, pero la diversión de ver su estupidez compensaba el sufrimiento.

Para aguantar todo un año, se encerraba por las noches en el salón de mantenimiento, o en la biblioteca: porque aunque fueran escritos por hombres, las sabiduría de páginas creadas por ellos es mayor que la que ofrecen con simples palabras vacías.

Ya más que simple compañía, lo que hacían los demás era acoso. Principalmente las estudiantes femeninas, con constantes propuestas que no le interesaban ni tenía siquiera ganas de oír; las visitas a lugares apartados eran ya más habituales, pero por sobre todo una cosa:

La tendencia a las drogas.

Lo mantenían alejado del mundo que no deseaba y rechazaba. Por más de que estaba allí, con el resto de los alumnos, su mente se encontraba en otro sitio alejado, donde más quería estar: en un mundo sin nadie a su alrededor.

Sin embargo, este trance no duró mucho. Pronto descubrieron su pequeño suministro y se lo arrebataron; ya no podía resistir la tentación de escapar de Krasnyy, pero sabía que no había horarios, vías o formas de escape. Simplemente se encerró en su habitación y bloqueó la puerta con todos los muebles posibles. De esta forma, y sin comida, moriría pronto y en soledad.

Su estancia en ese cuarto fue corta y la muerte nunca le llegó como esperaba.

Tras pasar aproximadamente una semana sin asistir a clases y al borde de la muerte, irrumpieron en aquel sitio destrozando todo lo que impedía el paso. Encontraron a Isaac extremadamente delgado, pálido, y uno de sus ojos azules se había tornado rojo.

Un policía, junto a un médico y el Director, dijo:

-Este chico es inestable mentalmente por lo que me ha informado. No queda opción más que la siguiente que diré: vamos a enviarlo a un asilo.

"Mi única locura ha sido permanecer tanto tiempo cuerdo."

El AsiloEditar

Isaac despertó sintiéndose mareado nuevamente. Como todos los días, se pinchó el dedo con la roca sobresaliente de la esquina de su celda y trazó otra línea para indicar cuántos días llevaba allí: podía contar al menos cien, pues todo el recinto estaba inundado por rayas de sangre. 

Y como todos los días, tomó la hoja que suplicaba al guardia le dejara junto a las rejas. En el blanco papel comenzó a dibujar un pentagrama rojo, igual que lo había hecho el día de ayer, y el día antes de ayer, y desde hacía un mes. Era la única forma de mantener la cordura y no aburrirse, a pesar de que había obtenido lo que quería, soledad y ni una voz.

Sin embargo, de vez en cuando se oían los gritos desesperados de los presos por los maltratos de los guardias...

No le importaban realmente; la paz era habitual y eso era lo que más necesitaba luego de haber pasado tanto. Sabía que faltaba una inmensa cantidad de años hasta su muerte, pero bueno, con sus dibujos y sus pensamientos lograría sobrellevarlos bien.

Otra vez le traían su ración diaria de comida, un simple trozo de carne acompañado de una insípida sopa y un vaso con agua. Nada de utensilios. Los celadores se comportaban como si quisieran que los encerrados actuaran como perros.

-Pff... no somos perros, o al menos yo no. De los demás no puedo decir nada. -susurró el joven.

Se acostó a dormir como todos los días por la tarde, a esperar el próximo momento de alimentarse y a la medianoche. Una vez terminó de comer, miró por encima de la ventilación para llamar al hombre de la celda contigua.

-Hey. ¿Tienes lo que necesito?

-Sí, como siempre. No te atrevas a preguntar de dónde saco esto para tí.

-Tampoco me interesa saber, sólo quiero que me des mi dosis habitual.

-Tranquilo, toma.

Le entregó, envuelto en un papel, lo que pedía cada medianoche cuando todos estaban dormidos: una pequeña pastilla, era todo lo que necesitaba para conciliar el sueño y de paso, soportar lo que sucedería al día siguiente.

-Gracias. 

-Pff...

Se recordó a sí mismo, meses atrás, en el instituto, y no pudo evitar vomitar. ¿En qué se había convertido? Tanto tiempo fingiendo ser uno más, lo habían ablandado, hasta el punto de que suplicaba al guardia una mísera hoja y al tipo del otro lado de la pared, sus drogas.

-No... no... no... No tiene que pasarme esto... Yo no tengo porqué pedirle nada a nadie: deberían simplemente entregármelo sin decir nada y sin precisar que yo suplique.

Observó con desprecio cada hoja con pentagramas que se encontraban sobre su lecho, y las arrojó todas al piso sin ningún cuidado. Rompió todas las que pudo y se echó sobre el fino colchón a descansar finalmente gracias a la pastilla.

-Mañana... serán ellos los que tengan que suplicarme.

No pudo dormir en toda la noche, pues las constantes voces que lo acosaban no parecían tener intención de cesar pronto. Dándose la vuelta casi todo el tiempo, al menos deseaba pasar las horas y horas antes del amanecer distraído.

En una ocasión, pudo contemplar a un hombre joven observándolo con atención, de cabellera azul brillante. Tras este darse cuenta de que Isaac se había despertado, se retiró lentamente la máscara blanca que cubría su rostro para revelar que era más pálido que la máscara misma; la sonrisa que poseía desbordaba locura, y los colmillos afilados no ayudaban a que su imagen fuera menos aterradora.

Tras despertar completamente cubierto por el sudor, Isaac golpeó tantas veces la pared como pudo y se dio cuenta de que era bastante frágil. Decidió esperar nuevamente a que el cielo estuviera cubierto por estrellas...

Con una mirada amenazadora, convenció sin decir palabra al tipo de al lado de que le suministrara su dosis diaria de las pastillas para dormir o lo que sea que eran.

Y en esa inconsciencia/locura, destrozó a golpes la barrera que lo separaba del exterior envolviendo sus nudillos en su propia sangre que manaba a borbotones. Pronto, obtuvo resultados: un enorme agujero en la roca que era lo suficientemente espaciosa para que pasara por él sin dificultades.

Cayó desde el tercer piso, y su pierna izquierda aún no recuperada del todo, volvió a ceder ante la fuerza de la caída.

El AbismoEditar

No, lo que había oído romperse no era su pierna, era el suelo mismo.

Se desprendió rápidamente apenas su pie tocó el suelo, dejando a Isaac desplomarse a un agujero infinitamente largo y oscuro. Sin saber si había final, siguió contemplando el pequeño haz de luz frente a él que se iba haciendo más y más pequeño.

¿Era el final? No lo sabía, pero su espalda impactó contra una superficie dura y llena de trozos de lo que suponía era roca. Se sentía a punto de explotar el piso, como si un latido rápido y fuerte viniera de él.

Y se dio cuenta de que su mano se había apoyado en algo carnoso, con dos agujeros donde sus dedos entraron accidentalmente. Al tratar de ver en la oscuridad, pudo vislumbrar un cráneo en descomposición cuyas cuencas vacías contenían sus dedos manchados.

Frente a él, se alzó una llama de color rojizo. Pero no era fuego lo que brotaba de aquella antorcha: era un material que no había visto nunca antes, envuelta en rojo carmesí y adornada por pequeñísimas gemas incrustadas en su... ¿superficie?

Parecía imposible, pero se estaba moviendo. Tras acercarse un poco más, notó que la sostenía una mano tan negra como las paredes que lo rodeaban. No era una... eran dos, y tres, y cuatro, y finalmente siete manos esqueléticas portaron la luz.

Aunque ni siquiera la tocaban, otras decenas de extremidades escoltaban aquella luminosidad. Pasaron de ser decenas, a centenas, que apuntaban sus uñas destruídas hacia Isaac; por más que se alejaba, parecía que no se movía del sitio donde estaba hasta que...

Hasta que esos seres espectrales lo tomaron por los hombros y lo arrastraron con ellos.

-Doscientos setenta y dos, doscientos setenta y tres, doscientos setenta y cuatro...

-Oh, vaya, al final hiciste lo que mis heraldos te decían.

-Tardaste doscientos setenta y cuatro segundos en venir de nuevo.

-... ¿Desde hace cuánto estás contando?

-Desde la última vez que me interrumpiste.

Isaac levantó la mirada una vez más cuando vio al imponente hombre vestido de verdugo a sus pies. No sabía hace cuánto tiempo llevaba contando, pero siempre reiniciaba la cuenta si se perdía en los tiempos en los que ese "verdugo" asistía a la sesión diaria de latigazos.

-Estás considerablemente más grande que cuando te conocí hace... cinco años, si no me equivoco, Isaac.

-Y tú luces igual de gordo y apestoso desde aquella vez.

El verdugo nuevamente le propinó una serie de latigazos con toda su fuerza. Furioso, hizo un chasquido con la lengua y empezó nuevamente a torturarlo; llamó a esas manos espectrales, que quizá parecían más ancianas y esqueléticas que hacía cinco años, para que le trajeran las pinzas y los bisturíes que utilizaba para arrancarle órganos a Isaac.

-Háblame sobre esas alas que te crecieron, mi querido niño.

-Pff, seguir llamándome niño después de todo este tiempo... En fin, desarrollé la teoría cuando me di cuenta de que surgieron justo cuando pensaba en salir volando por el agujero que hay sobre mí; el agujero donde caí hace tanto tiempo y donde hasta hoy ansío volver. Estas cosas con plumas nacieron para elevarme con ellas hacia allí de nuevo.

-Oh, pero ya te he dicho que no saldrás hasta que me sea ordenado. Además, me divierto mucho conversando contigo, así que aunque me digan que te suelte no sé si llegaría a hacerlo.

-Je...

-Isaac, ¿no deseabas tú estar solo? Aquí no hay nadie más que nosotros, prácticamente has cumplido tu deseo.

-Viejo, viejo estúpido, viejo bastardo. Se ve que sabes mucho sobre mí excepto sobre ese deseo que tengo desde que me adoptaron hace doce años; yo no deseé "estar solo", yo deseé "morir solo". No me siento muerto y tú no me ves muerto, así que...

-No puedes morir, Isaac. No hasta que seas ya puro.

El verdugo se retiró nuevamente, e Isaac empezó a contar.

-Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis...

Mientras lo hacía, miraba inclinado como siempre, hacia su estómago. Desgarrado, roto, se hallaba carente de la piel y los tejidos que lo componían antes; sonrió y gemió un poco al mismo tiempo que unas líneas negras y rojas reconstruían esta parte herida.

Y se dijo a sí mismo: "Bueno, ya es tiempo."

Sin ningún esfuerzo, se liberó de las cadenas que sostenían sus extremidades y sus alas, luego se restregó las muñecas por lo rojas que estaban. Esas partes que habían estado sujetas y encerradas hacía poco, se sintieron bien cuando la gélida corriente que constantemente pasaba por allí las recorrieron.

Echó un vistazo al sitio donde había permanecido en cautiverio durante cinco eternos años, donde "su amigo verdugo lo visitaba todos los días para conversar con él".

Y finalmente, cuando todo su desprecio se perdió entre la oscuridad que reinaba en el lugar, batió las alas para despegar majestuosamente, a una tierra donde ya había vivido dos décadas de su corta vida, y donde viviría una nueva "vida".

-¿Estoy yendo porque anhelo ver a mis padres adoptivos? ¿Estoy yendo para reencontrarme con recuerdos "felices"?

Se burló de sí mismo desde sus adentros, y rió a carcajadas. Luego, pronunció lentamente:

-No... Voy para destruir todos esos recuerdos.

El CementerioEditar

No era su imaginación: ropas blancas lo envolvían como seda y su ¿respiración? se encontraba obstaculizada por maderas húmedas y desgastadas. Susurró con el poco aire que tenía en los pulmones...

-Sí, como lo imaginaba, estoy en un ataúd.

Se preguntó a sí mismo si estaba muerto, pero se contestó inmediatamente que sí, pues su corazón no latía, su piel estaba helada, todo indicaba que era sólo un cadáver ya. Sonrió como recordando los sucesos que lo habían llevado a estar allí, y suspiró levemente.

Alguien, que no recordaba nítidamente, le había enseñado algo, que tampoco lograba memorizar bien. Quizá, sólo quizá, era algo relacionado a sus progenitores.

-Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve...

...

-Mil novecientos ochenta y ocho. Bueno, suficiente de contar porque es hora de poner en práctica todo lo que me enseñaste...

En su mente se dibujaba una figura humanoide.

-Abernath.

Después de contar hasta mil novecientos ochenta y ocho, en su mente hubo un resplandor: el verdugo quien lo había torturado y le había otorgado aquellas "alas"; el torturador quien accidentalmente le había confesado sus orígenes y su verdadera identidad.

Dos alas violáceas se clavaron fácilmente en la húmeda madera de la tapa de aquel ataúd, y la alzaron hasta que la luz del exterior pudo verse pese a la nieve que constantemente caía en el agujero, junto a Isaac. Y otras dos alas se clavaron en los costados de la tierra, para levantar a su portador.

Miró al cielo durante unos minutos; hacía poco había llovido, y aunque el frío la mantenía semisólida, la nieve a su alrededor estaba algo humedecida. No había lápidas a su alrededor, ni siquiera en su tumba, pero la tierra removida hacía notar que ese lugar era un cementerio.

Hundió los pies desnudos entre esa manta blanca, y tratando de saciar su "sed" se llevó un poco a la boca. Era bastante líquida, pero no quitaba la sensación de sequedad en su interior.

-Bueno... Al fin y al cabo, no voy a morir por deshidratación.

Observó su tumba y rió.

-Sí, no necesito agua...

Caminó lentamente, hacia un destino indefinido, pero que era necesario. No sabía bien en qué sentido era "necesaria" esta acción, pero estaba bien enterado que le permitiría lograr su objetivo... "morir solo". Arrastró los pies clavándose astillas, piedras, y otras cosas, hacia el camino fuera del cementerio.

Cuando llegó a la entrada de éste, dio media vuelta y se dijo para sus adentros:

-глупо мертвым... (Muertos estúpidos)

Avanzó pero ya no hacia donde antes se dirigía; visitó una tumba que no era conocida, pero que de alguna forma lo llamaba desesperadamente.

-О, я знал, что это ты ... (Oh, sabía que eras tú)

Metió la mano profundamente en el lecho, y extrajo una cabeza humana que era, evidentemente, de alguien que había sido enterrado hacía bastante poco; cabellos azul brillante, ojos dorados, tez de palidez mortuoria. La reconocía ahora.

-Samael... Oh, te odié como nunca he odiado a otra persona, eras tan... idiota. Simpatizaba mucho más con tu hermano Jaron, quien tenía una idea más acertada del porqué de mis actos, sobre todo de mí. Y ¡no sabes! Era más que divertido criticarte, reírnos a tus espaldas.

Dicho esto, le rompió el cuello a aquel cadáver y dejó su cabeza fuera de la tumba, colgando con los ojos abiertos.

Nuevamente se aproximó al portal que lo separaba del nevado bosque, pero una voz detrás suyo lo atrajo hacia el interior del cementerio una vez más. A sus espaldas, un individuo similar al que había desenterrado antes, lo miraba fijamente.

-Исаак ... не ожидал найти здесь, Вьехо друга? Можно утверждать, что да. Тем не менее, не говори мне "Самаэль" или позвоните мне несколько похожа; Я "Зеркало". (Isaac... no esperaba encontrarte aquí, viejo ¿amigo? Podría decirse, sí. Sin embargo, no me digas "Samael" ni me llames de alguna forma similar; yo soy "Mirror")

-Зеркало ... что имя, да? (Mirror... vaya nombre, ¿eh?)

-Y no lo dudo. Pero no es un nombre propio y no lo he elegido yo; es obra de un insano Samael, quien me creó luego de matar a su hermano.

-Jaron.

Mirror chasqueó la lengua, e hizo una seña con su mano.

-Ese mismo. Hace años, luego de que a este se la zafaran dos o tres tornillos, Samael lo asesinó de cuarenta y dos puñaladas que dejaron a la vista sus sesos. Y bueno... ya sabías como era ese niño: débil, sensible, todo lo que podía producir el asesinato de Jaron me creó a mí.

-Miedo... Sí, Samael era increíblemente sensible, su mente no soportó ese hecho, asumo. Luego, desarrolló el "Trastorno de Doble Cara"; ¿me equivoco?

-Para nada. En fin, es tiempo de que parta, solo vine a avisarte de que, ciertos tipos te andan buscando para exterminarte.

-¿Uh?

Isaac dio la vuelta, y se encontró con tres soldados armados que lo apuntaban certeramente. Suspiró, y cuatro extremidades emplumadas surgieron de su espalda; Mirror se colocó una máscara blanca, y blandió su espada de plata ante él.