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IncubadoraEditar

El odio es algo que se cultiva a partir de emociones que el ser humano explica con palabras lógicas, pero yo no le encuentro sentido, porque en cuyo caso sería imposible entender la lógica de sentimientos como los míos. ¿Qué clase de niño con un cerebro normal y corriente sería capaz de sentir aversión por sus propios padres? O al menos, sin justificación alguna.

Desde que tengo memoria, o al menos desde que empecé a ser consciente de ello, no he sido capaz de sentir algo positivo acerca de mi familia en general, y quizá es por la forma solitaria en la que fui criado; durante años fui ignorado por mi círculo más cercano debido a la personalidad retraída y algo sociópata que yo mostraba. Sin embargo, yo habría sido capaz de soportar esto, si no hubiera sido porque presencié el trato que se le dio a mi hermano pequeño[1], completamente diferente al que yo había tenido.

Experimenté la envidia por primera vez cuando oí a mis progenitores hablar en la cocina, diciendo exactamente las palabras "Esta vez no fallaremos, no cometeremos el mismo error que cometimos con Ikiel", que desencadenaron todo. La sensación de soledad que yo había sido capaz de tener en mi corazón se transformó en auténtico odio hacia el recién nacido, hacia mis padres, y hacia todo aquel que no compartiera mi opinión.

Mi egoísmo me llevó hasta el punto de la incomprensión hacia la atención que le daban a aquel bebé que no había demostrado absolutamente nada; él, que con suerte hacía algo más aparte de mover sus piernas, no había hecho nada que probara que era mejor que yo. Aun así, luego de haber crecido y poder expresar mis sentimientos con claridad, todos seguían pretendiendo no escucharme. Pero llegó una persona que me miró a los ojos con agrado, con sincera comprensión: mi prima, que había sido separada de mí a la corta edad de cinco años con tal de que yo no fuera una mala influencia para ella.

Aquella pobre niña, que había sido criada bajo la mano de una familia adinerada, había desarrollado una lengua filosa y una aguda percepción que le permitieron darse cuenta del sufrimiento por el que yo pasaba. No hacía más que consolarme cuando sabía que yo necesitaba llorar, e intentar calmarme cuando volvía a atacar a mi hermano menor con ofensivas palabras que otro niño no debía conocer. Pasé años jugando con ella, porque era la única capaz de hacerme sonreír sinceramente; el irremediable sentimiento de odio que había dejado crecer en mí era oprimido por una felicidad que sólo mi prima podía brindarme.

Llegada la mayoría de edad, mis padres ni siquiera se habían percatado porque estaban muy ocupados adulando a Daniel por sus altas calificaciones en el colegio, conseguidas mediante horas y horas de estudio obligadas por mi estricta madre. Para esos momentos de mi vida, mi prima ya había obtenido un trabajo con buena paga, y yo seguía encerrado en mi habitación con la esperanza de terminar mis estudios exitosamente. Mi hermano había crecido lo suficiente para que su mente tuviera una idea más clara de lo que yo perjudicial que yo podía llegar a ser para él, y comenzó a dejar de lado la amabilidad que había intentado mostrarme para no tener que involucrarse conmigo.

A diferencia de lo que muchos habían esperado de mí, me inscribí en una universidad bastante decente, en una carrera que no puedo recordar en este momento. Mis resultados, a diferencia de la secundaria, eran considerablemente buenos y los profesores no hacían más que halagarme, porque estaban conscientes de mi situación, querían darme un incentivo extra. En cuanto a las relaciones con mis compañeros... sabía que las posibilidades de tener algún amigo eran muy bajas, pero no esperaba tal rechazo por parte de los demás, sobre todo teniendo en cuenta de que ya eran mayores de edad y habían madurado. Eran tan infantiles que se ponían a hablar de mí a mis espaldas como si no pudiera escuchar; normalmente me habría quejado, pero eso me daba una extraña sensación de superioridad.

Si pudiera revisar los registros de aquella universidad y mis calificaciones, seguramente me sentiría orgulloso. Sin embargo, los que me rodeaban no me consideraron un igual o alguien a quien respetar, sino una amenaza a su reputación y un insecto que debía ser exterminado, porque yo era comparado con ellos. Los tutores, que no sabían hacer otra cosa salvo adular mi facilidad para el estudio y mi buen comportamiento, no ayudaban en lo absoluto. Cada "ojalá fueras como Arzer" que salía de sus bocas empeoraba mi situación respecto a mis compañeros.

Una verdadera bestia estaba siendo criado en las profundidades de un abismo pintado con alegres colores, pero que no podía hacer nada salvo ocultar las verdaderas intenciones que el monstruo tenía.

Insectos asquerososEditar

Era sólo un pequeño insecto. Nada fuera de este mundo.

Más chico que la punta de un dedo, su color rojo-verdoso era realmente desagradable. Tenía dos pares de alas. Sus ojos negros eran lo más perturbador de este bicho. Horrendo.

Se me posó sobre el dedo, batiendo las alas. El asco que le tenía, imposible de describir; odiaba los bichos, mas hoy, agradezco que haya hecho eso.

De una manera horrorosa, abrió con las patas y pinzas de la boca la piel de mi dedo, y metió la cabeza. En ese momento estaba paralizado. Poco a poco, se fue arrastrando por esa abertura hasta desaparecer en mi brazo, pero aún lo sentía moviéndose.

Algo raro se escabullía entre mis omóplatos, se sentía como un hueso moviéndose entre mi columna. La piel, rasgada.

Esa especie de pata de araña surgió de imprevisto. Solamente salió repentinamente de mi espalda, atravesando mi ropa y chaqueta; por suerte nadie vio esa extremidad pues me había quedado hasta tarde en la universidad. Era realmente asquerosa: una especie de líquido baboso la recubría, amarillento, y los cabellos que en toda su cobertura estaban eran como agujas. No pude verla bien, hasta que una especie de garra se puso frente a mí. Parecía como si me cubriera, me protegiera. Lo horroroso era...

Era que en el filo de esa garra, había tres inmensos y rojizos ojos. Cada uno más grande que el otro. Sentí una voz hablar.

Voz- ¿Cómo lograste... resistirte?

Yo- ¿Por qué debería resistirme?

Inmediatamente comencé a sentir un increíble dolor en mi corazón. Se sentía moverse. Pudrirse. Romperse. Sentí como si quemara, como si algo lo hubiera corroido. Y muy pronto sentí algo parecido a mi corazón, desplazándose por mi carne, palpitando lentamente; no era posible que fuera el mío, pues... ¿no estaba envenenado? No podía respirar, mas cuando esa cosa dejó de moverse pude recobrar el control sobre mi cuerpo.

Voz- Ése es... mi corazón...

Yo- ¿Un parásito tiene corazón?

Voz- No soy un parásito cualquiera.

Yo- ¡¿Por qué siquiera le estoy hablando a un parásito en mi espalda?!

Voz- No me culpes. Puedo hablar. Soy inteligente.

Yo- Ok... En fin, sal ya de mi cuerpo.

Voz- Ya no puedo.

Yo- ¿Qué?

Voz- Además de que al ligarme a tí nuestros organismos se fusionaron permanentemente, accidentalmente reemplacé tu corazón con el mío. De esta manera, si salgo de tu cuerpo moriré.

Yo- ¡Como si me importara que murieras! ¡Sal de mi espalda!

Voz- ¿Acaso no escuchas, niño estúpido? No puedo hacerlo. Estamos conectados para siempre pues nuestros organismos se fusionaron.

Yo- Entonces... mejor que nadie note que existes. ¿Puedes encogerte? ¿Algún tipo de habilidad que haga que pueda esconderte bajo mi ropa?

Voz- Claro. Como si no pudiera.

Poco a poco y muy dolorosamente para mí, esa enorme extremidad peluda y asquerosa se introdujo en la mitad derecha de mi espalda. Al correr al baño y mirarme con un espejo los omóplatos, descubrí con horror que tenía un enorme agujero negro por donde el parásito se introdujo al encogerse.

-No puedo mostrar esto... debo ocultarlo como sea.

No sería fácil, pues aunque no dolía mucho era un hueco demasiado grande y profundo para que una simple camiseta o una chaqueta pudiera ocultarlo. Fui corriendo a mi casa lo más rápido que pude, tropezándome con todo aquello que en mi camino se cruzara. En el camino, la garra resurgió y de clavó fuertemente en el cemento, haciéndome caer hacia atrás.

Yo- ¡¿Qué haces?!

Voz- Niño, ahora que seremos eternos compañeros te sugiero que me utilices a tu antojo. No tengo sólo las capacidades de un parásito de alimentarse y sobrevivir a expensas de su hospedador; mis cualidades de arma y extremidad te servirán para lo que quieras. Estoy a tu disposición. Transforma como quieras esta garra con tres ojos que ves frente a ti.

Lo intenté con fuerza, pensando en una enorme pata de araña, y curiosamente en vez de sólo una salieron dos. Ambas nacían desde el mismo lugar, de modo que el agujero que en mi piel se hallaba se hizo más grande. Una a mi izquierda y la otra a mi derecha, ambas patas me ayudaron a desplazarme más fluidamente por las calles e incluso por medio de edificios y callejones.

Por alguna razón, sentía un permanente sonido de respiración detrás mío, como si de las patas saliera. Una respiración agotada, agonizante, débil. También un pequeño rugido se pudo escuchar saliendo de las extremidades, como el rugido del estómago de un humano cuando tiene hambre; eran sonidos ajenos a mí, pues no sentía hambre y mi respiración se encontraba en perfecto estado, como el "humano" saludable que era.

No tardé mucho, o al menos no tanto como habitualmente era, en llegar a mi hogar. Cuando mis pies se plantaron frente a la puerta, las patas de araña a mi voluntad se escondieron entre mi carne. Al tocar el timbre, un escalofrío y un sentimiento de duda me recorrían el cuerpo... ¿qué pasaría si ella me viera cuando el parásito estaba activo? ¿Llamaría a la policía? ¿O tomaría el revólver que guardábamos para emergencias y me dispararía? Estas dos interrogantes me estaban desesperando, volviéndome loco; a pesar de que intenté tranquilizarme recordando lo comprensiba y pacífica que ella era, nada podía acabar con los nervios que me acechaban.

Atendió rápido, más de lo que yo necesitaba para prepararme. Como muchas otras veces había sucedido, sus indulgentes ojos me recibieron con alegría. Su cara tan hermosa y relajada me impactó y terminó rápido con el sufrimiento que por dentro me consumía... era una de las dos cosas que me consumían.

Valeria... Era mi novia, la que mi miserable vida ayudaba a conllevar. Todo había mejorado considerablemente cuando la conseguí.

Me invitó a pasar con su habitual cara animosa y alegre. La totalidad de la personalidad suya era la que me encantaba: dulce, amable, respetuosa, comprensiva. Una infinita compasión. Y poco hay que decir de su apariencia física; no he conocido en toda mi "vida" a una muchacha tan hermosa como ella lo era. Debió haber notado algo en mi rostro, nerviosismo, porque inmediatamente preguntó:

-¿Qué pasa, Iki?

Por Dios y la virgen, ¡¿a mi estúpida madre no se le podría haber ocurrido un nombre mejor?! ¡¿Algo más normal?! Todos debían decirme Iki, porque... ¡¿En serio?! ¡¿Tan necesario era que mi nombre fuera Ikiel?! Nunca entendí qué se le había pasado por la cabeza al asignarme Ikiel.

-Nada, Valeria. No me pasa nada.

-Te noto preocupado, sabes que puedes decirme todo, amor.

-Te lo digo en serio, ningún problema tengo hoy.

Ella, no muy convencida, asintió con la cabeza.

Pasé directamente a encerrarme en nuestra habitación, completamente solo mientras Valeria leía poemas en la sala. Otra de las cosas que adoro (adoraba) de ella: su pasión por la lectura y arte en general, su inteligencia. No muchos podían valorar un simple libro de esa manera...

Allí me quedé, sentado contra la pared en la cama, durante horas. No me moví en ese tiempo. Solamente estaba con los brazos cruzados sobre las rodillas, con la cabeza baja; pensaba en cómo podría ocultar mi secreto, cuando de repente escuché una voz.

Voz- ¿Estás deprimido, niño?

Yo- ¿Hay manera de que no lo esté? Mira lo que has hecho conmigo.

Voz- ¿Y tú qué querías? ¿Que me hospedara en otro? ¿Ofrecerle un destino tan terrible? Eres un desalmado; a ti te elegí porque tu vida no tiene sentido, porque seguramente ya no tenías nada por qué vivir.

Yo- ...

No pude responder. El bicho tenía razón. Yo, aparte de estar con Valeria, no tenía absolutamente nada más por lo qué vivir.

Yo- Tienes razón, Parasitus...


Ese horrible parásito con forma de ojo... se veía horrible. De color negro en el globo, y pupila color oro, no resultaba normal que alguien tuviera el ojo así. Las marcas negras que debajo de él habían surgido me espantaban a pesar de estar en mi propia cara; no podría mostrarme más si mi globo ocular derecho permanecía en ese estado.

Y pensar que esa mañana había amanecido tan tranquilo...

El despertador resonó en mis oídos incesantemente hasta que lo tiré al suelo. En ese instante, dejó de sonar y pasó a estar simplemente debajo de mi cama; bastante irritado por el hecho de tener que moverme más de lo usual sólo por tomar el reloj, me incliné y miré por debajo de la madera: allí se hallaba inmóvil.

Inmóvil, junto a ese bicho redondo, con cuatro patas, que se alejó para esconderse entre la mugre y oscuridad como una rata. Parecía un ojo del cual brotaban dolorosamente cuatro extremidades arácnidas, las cuales se introducían y dejaban una marca en el suelo al hacerlo. Mi cara de espanto al verlo fue casi inmediata, y agarré el reloj a las apuradas sólo para poder ir de nuevo arriba. Apenas me levanté, de forma brusca, Valeria se despertó y me preguntó:

-¿Te pasa algo, Iki? Luces asustado.

-Nada, Valeria, sólo que vi algo raro. No debo estar del todo despierto todavía...

A pesar de mis palabras, las cuales no poseían verdad en absoluto, mi temor a ese ser que había visto debajo de mi propio lecho era indescriptible. Le mentí a Valeria fingiendo que nada me preocupaba, que todo iba normal, cuando en realidad el parásito debía estar en ese momento arrastrándose entre mi carne, envuelto en mi sangre; sentía cómo se rasgaba mi piel, mis nervios y mis huesos, como si esa pata de araña estuviera ya a punto de salir de mis omóplatos.

Era algo asqueroso y me repugnaba, pero debía aceptarlo para poder continuar de modo normal mi vida. Cosa que no pasaría, no era mi destino...

Restándole importancia a un asunto serio como lo era el que ese parásito volviera a brotar y asustara a Valeria, me vestí rápidamente para ir a trabajar. Trabajo en la mañana, universidad por la tarde y dormir a la medianoche. El proceso era siempre el mismo. No cambiaba. Trabajaba de programador en una empresa de videojuegos; en ese momento me encontraba diseñando uno nuevo sobre un chico que se encuentra al volver de la escuela a un extraño monstruo, el cual se adentra en su cuerpo. Es bastante siniestro el parecido con mi caso, ¿no?

Jamás me había fijado en ese detalle, y hoy sigo pensando que no es nada importante... espero, y sólo espero, que haya sido una casualidad. No fue una mañana que deba mencionar con detalle, pues no importa; proseguiré a contar la horrible tarde que me esperaba.

Apareció repentinamente debajo de mi banco, sin que nadie excepto yo, se diera cuenta. Ese pequeño ojito, con cuatro patas, que se arrastró hasta llegar a mi ubicación. Probablemente me había seguido desde mi casa, y para mi fue imposible verlo debido a su diminuto tamaño. Suficiente estaba yo de bichos, ¿no tenía ya a Parasitus en mi espalda? ¿Necesitaba acaso más insectos invadiendo mi cuerpo? No deseaba que ese monstruo me tocara.

Mas lo hizo. Aprovechando mi incapacidad de gritar por estar en medio de un examen, clavó sus garras en mi pantalón para empezar a escalar; una vez llegado al punto en el que debía subir mi camiseta, sus patas se encogieron, como si se agachara. Así como estaba, saltó directamente hacia mi cara, nuevamente ayudado por las pinzas mientras yo ahogaba un grito por el dolor porque se introducían en mi piel. Simplemente, fue como si de repente tuviera manos y sostuviera mi párpado, conmigo viendo su trabajo. Como una basura, se escabulló en esa abertura hacia dentro de mi cráneo.

Sentí como si mi cerebro se revolviera y pronto volviera a estar calmo, excepto por...

Excepto porque veía mi propio globo ocular, de iris siempre negra, manchando de sangre la hoja de mi examen; allí estaba frente a mí, pero podía seguir contemplándolo con ambos ojos. ¿Cómo era eso posible? No le di importancia a esa pregunta y corrí chocándome contra varias mesas hasta llegar al baño.

Allí vi mi rostro, frente al espejo: un globo ocular completamente diferente al anterior ocupaba mi cuenca derecha. Negro casi en su totalidad, su pupila e iris eran de un tono dorado, como el oro. Lo siguiente fue horrible. Igual que microscópicas serpientes arrastrándose por el pasto, cuatro líneas finas, de color negro, atravesaron lentamente mi mejilla hasta detenerse casi en la mandíbula.

Me espanté al ver ese cambio en mi rostro. Un grito que provenía del salón de clases al que pertenecía atravesó mis oídos; seguramente ya habrían notado un globo ocular sobre un examen en mi asiento, y no creo que les hubiera gustado especialmente...

Me recorrí la mejilla con un dedo, procurando tener cuidado con aquellas marcas, pues no sabía si eran venenosas o a saber qué cosa. Al animarme y rozar levemente las líneas, sentí que quemaban y ardían como fuego. Me observé el dedo y noté oscurecida la parte con la que toqué mi rostro, como si lo hubiera puesto sobre la llama de una vela.

¿Acaso era normal que mi ojo fuera negro y dorado? No tenía esperanzas de que alguien me quisiera en ese estado; ni siquiera... ni siquiera...

En ese momento, no podía pensar en esa probabilidad. Después de todo era imposible. Valeria me quería como ninguna otra me quiso. No podría dejar de hacerlo: fue la única que me tuvo compasión; espero que hoy siga teniéndome cariño.

No veía escapatoria a menos que fuera por la ventana del baño. Obviamente no podría entrar por esa cavidad tan estrecha. Esa voz, nuevamente me habló.

Parasitus - Hey, niño, puedo ayudarte con eso.

Entonces la increíble extremidad desgarró mi piel sólo para destruir unos cuantos trozos de piedra de la pared, dejando un hueco lo suficientemente grande para que yo pudiera pasar a través de él; enseguida me preocupé por los daños causados y si me echarían la culpa a mí. Entonces pensé: ¿Quién sospecharía que un estudiante podría hacer tal destrozo? Me reí a carcajadas, y huí a través del césped detrás del agujero.

Llegué a un callejón escondido entre muchos edificios: allí me quedé solo, un rato, preocupándome porque nadie me viera en ese estado. Cacé un par de ratas para comer; ya no me importaba realmente si debía comer tal asquerosidad para que la gente no me viera. Ya... nada me importaba.

Finalmente... digamos... el "aburrimiento" me venció y guardé a Parasitus en mi espalda para salir a la avenida, fingiendo que me dolía el ojo con tal de cubrírmelo.

Me arrastré por las calles, entre paredes, y de vez en cuando fingiendo algo exageradamente una mueca de dolor. Así logré llegar a mi casa. Por suerte Valeria aún estaba trabajando y no tenía que cruzarme con ella para inventar excusas tontas.

Intenté extirparme con un tenedor aquel ojo pero su dureza y temperatura no me permitía siquiera insertarlo en la pupila. Con un cuchillo también, la punta se derretía antes de querer meterlo adentro. Así pasé un largo tiempo, hasta que me di por vencido: había gastado tres tenedores y dos cuchillos en el intento vano de arrancar ese ojo maldito.

Al final, con una voz monstruosa y bastante parecida a la que Parasitus poseía, alguien o algo pronunció lentamente:

-Oye... ¿quieres librarte de mí?

Enseguida pude comprender: era ese ojo el que estaba hablando conmigo.

-Sinceramente sí.

-No podrás. Al igual que el otro, estoy permanentemente unido a tu cuerpo; es más, te mantengo con vida: me encuentro ligado a tu cerebro y éste podría apagarse completamente si yo no estuviera.

-Dios... Dios... vivir para siempre con dos parásitos en mí... no quiero... no lo deseo... ¡NO! ¡Te voy a arrancar de mi cabeza, sea como sea! ¡Si necesito morir, así será!

-Espera... ¿eres idiota?

Tomé a pesar del dolor en mis dedos aquel ardiente globo ocular, y jalé hacia afuera con todas mis fuerzas: fue inútil. Antes de poder quitar de mi cuenca al parásito, mi mano estaba llena de ampollas y quemaduras dolorosas.

-Vaya... así que...

-Jamás, jamás podrás librarte de mí. Ni yo tampoco. Así nos quedaremos, pedazo de estúpido.

Desesperado, me arrodillé y miré hacia un lugar que no existía, bajo mis piernas; el sudor recorría mi cara y mis manos continuamente, mi respiración se encontraba agitada. Grité con todas mis fuerzas en un almohadón que había junto a mí. Ya definitivamente, nunca podría llevar una vida normal: debía irme, huir hacia donde nadie me encontrara...

Las alas de un ángelEditar

Santa, blanca, con líneas rojas y ese monstruoso ojo en medio, aquel parásito resultado de mis experimentos me enorgullecía tanto como los demás: me producía asco, repulsión y una necesidad de vomitar.

Tenía forma de ala, conformada por púas blancas, y la había nombrado "el ala de un ángel". El inmenso globo ocular que sobresalía del tejido sólido (algo parecido al cristal, mármol, vidrio) se movía completamente por su propia voluntad y observaba con algo de temor alrededor, como buscando algo con la mirada; inmediatamente vi su pupila cobrar vida me eché hacia atrás aterrorizado.

Y además, ese bicho lo había creado yo...

Experimentando con mis demás parásitos, buscaba uno que hiciera el efecto contrario a los demás: que se apegara a los otros consumiéndolos y separándolos permanentemente de mi cuerpo; sin embargo, el resultado fue un monstruo inútil más unido por siempre a mí.

Poseía la capacidad de hablar por telepatía conmigo, como Parasitus y el ojo, y se pronto se autodenominó como "Cyckop"; ya tres voces en mi cabeza me acechaban y me impedían pensar...

Ya desde la aparición de mi globo ocular negro y dorado había ido a conseguir algo para disimularlo: dificultosamente pero con éxito logré pintar un lente de contacto para hacer que pareciera un verdadero ojo humano.

Recuperándome de mi desesperación, traté de pararme dificultosamente y me acerqué a la puerta, posando mi mano sobre ella. Pensé en irme, aunque primero me detuve a considerar la tristeza de Valeria. ¿Acaso lloraría por mi partida? ¿O se alegraría de que haya salido de su vida? Por si acaso, tomé un papel y bolígrafo y empecé a escribir una carta.

Satisfecho con el resultado, releí la nota para comprobar que las palabras eran lo más suaves y sinceras posibles.

Me retiré lentamente, echando un último vistazo al único lugar que me recordaba momentos felices. Podría decirse que lloraba. Me sequé el rostro mientras echaba hacia arriba el cuello de la sudadera, abandoné todo sentimiento que me volviera "humano" y cerré la puerta.

A mis espaldas, llevaba las alas de un ángel, el cual era yo.


Me obligaban amenazándome con rebelarse contra mí, a devorar la carne. Yo no la necesitaba, sino ellos. Quitarle pedazos de carne con mis uñas a un ser humano no me resultaba placentero ni de lejos, menos si era un cadáver; no comprendía por qué los parásitos precisaban nutrientes que se hallaban en los humanos siendo como eran.

-¿Por qué necesitan esto?

-Para alimentarnos. Somos tres parásitos: deberíamos alimentarnos de los nutrientes de tu cuerpo, pero al vernos obligados a sobrevivir a base de éste necesitamos que tú te alimentes de otros para que nosotros no muramos.

-Bah. Su existencia no me interesa. ¿Por qué debería de alimentarlos?

-Porque somos nosotros los que te mantenemos con vida.

-Buena excusa, ¿eh?

Con mi boca rehusándose a enterrar los dientes en aquel muerto, me acerqué a él sin desear hacerlo. Di un puñetazo en medio de su pecho y arranqué lo que debería ser un corazón aún palpitante; apenas había muerto, pero la sensación de asco no había desaparecido.

Me lo llevé a la boca con cada parte de ella negándose a ingerir el alimento. Me obligué a mí mismo a enterrar los dientes en aquel pedazo de carne.

Sorpresivamente, no tenía un sabor tan malo; mi primera impresión fue de asco, pero luego sentí cómo el tierno tejido se destrozaba en mi boca y me relamí con gusto. ¡Era deliciosa, la carne humana! Hambriento, comencé a extraer pedazos del cuerpo del muerto y a comerlos con gusto.

-Me estoy convirtiendo en un monstruo...

-Pero en un monstruo poderoso, capaz de derrotar a todos, no lo olvides.

-Je... tienen razón.

Luego de comprobar que sólo quedaban los huesos de lo que alguna vez fue un humano, observé a mi alrededor y vi a un hombre que me vigilaba desde el fondo de un patio. La casa a la que este pertenecía, evidentemente se hallaba abandonada, y el tipo se cayó al suelo.

No entendía qué había pasado. Lo único que yo había hecho fue cerrar mi ojo izquierdo por un segundo, observando solamente con el parásito.

-¿Será que tienes poderes?

-Más de los que imaginas.

Sonreí ampliamente y me dirigí a un negocio que estaba cerca. Allí, atravesé a el dueño con una flecha de cristal de Cyckop; tomé un par de anteojos de sol que vi detrás del mostrador y salí guardando a los parásitos. 

Ya en un pequeño local de las cercanías, pregunté a un señor que estaba sentado en el fondo:

-¿Es usted herrero, como me han dicho?

-¿Quién lo pregunta?

-Llámeme Anbernatt, mucho gusto.

-Sí, soy un viejo herrero y puedo fabricarle cualquier elemento de metal que usted me pida.

-Quiero garras de oro, sólo para mi mano derecha, una para cada dedo. Que sean lo más filosas posibles y que las sostengan anillos del mismo material. No se olvide de hacerlas fáciles de utilizar.

El anciano se sorprendió y se enfadó un poco por mis exigencias. No iba a ser algo fácil sin duda. Pero para un hombre que había vivido toda su vida en un taller elaborando elementos de hierro y plata, no era un trabajo exageradamente difícil; le hacían falta los materiales.

-Yo te fabricaré esas garras que deseas, niño, pero necesito que consigas tú el material con el que quieres que haga tus armas.

-Perfecto. No tardaré en cumplir esta tarea.

Me retiré lentamente del negocio, dejando bastante desconcertado al viejo.

-¿Pero quién era ese tipo? ¿Por qué quería que fabricara garras?

Me escurrí entre la multitud que azotaba las calles, y pensé en lo que me costaría encontrar lo que necesitaba en poco tiempo.

...

Una vez más me presenté en aquel lugar ya con un saco, y se lo dejé en el mostrador al anciano. Por el impacto, él se dio cuenta de que debía ser pesado, y echó una ojeada dentro: sus ojos se iluminaron de codicia al contemplar todos esos lingotes de oro que reposaban dentro.

-¿Cómo conseguiste esto?

-Los métodos no importan. Lo que necesito es que empiece a trabajar ya.

-A la orden.

...

Me alegré de estar ya portando mis garras mientras Parasitus asesinaba al herrero. Pobre. No merecía morir, pero ya no me importaba tanto.

-Necesitamos comer.

-Y qué podría hacer yo... oponerme ya no es una opción. Ya voy.

...

Por fin había encontrado un objetivo: una bella mujer que corría apresurada por llegar a algún lugar. Destrocé su cuerpo por la mitad y devoré ansioso su cuerpo. Eran ansias de carne humana.

Ganas de vomitarEditar

Frente a mí se hallaba aquel hombre, joven, que me miraba con extraña cara. Parecía calmado, aún observándome con Parasitus y Cyckop sueltos, y el ojo negro; estaba apoyado en un muro semidestruido, que se estaba por caer en cualquier momento.

-Qué valor tienes para estar frente a tal monstruo, imbécil.

-¿Monstruo? No veo un monstruo. Veo a un joven con trabitas en la cabeza y tres bichos en su cuerpo.

-¡Ya te enseñaré lo que es tener problemas en la cabeza!

Me abalancé sobre él, pero logró llevarme hacia atrás de una patada, dejándome en el suelo. Transformé la garra de Parasitus en una sierra, y nuevamente arremetí hacia el hombre.

-Pequeño Anbernatt. Idiota Anbernatt. ¿Tienes tan pocos gramos de cerebro en tu cabeza que te atreves a atacarme directamente?

Nuevamente y sin esfuerzo me mandó a volar contra una tubería. Gas empezó a inundar el aire y yo no pensaba claramente: tenía ansias de devorar la carne de aquel sujeto tan fuerte... pues siendo tan fuerte, debía ser sabrosa...

-¿Cómo... conoces... mi nombre?

-Tantos me han preguntado eso... pero no importa. Sé todo sobre ti y tu historia. Puedes llamarme Ezekiel.

-Pff, no vivirás lo suficiente para que llegue a llamarte así. Ahora disfruta el sabor de la muerte como disfrutarías el sabor de la carne humana entre tus dientes.

-Ah, gracias, pero no gracias...

Con tan solo mirarme sentí mis huesos y cabeza contraerse y quebrarse, y rearmarse enseguida. ¿Qué tantas y extrañas habilidades poseía "Shadow Chaos"?

-Sorpréndete todo lo que quieras, Ikiel. El resultado siempre será el mismo, así que te ofrezco dejar de pelear y ven conmigo a mi guarida; tendrás todo lo que necesites, devorar gente en la calle ya no será una molestia. Tu poder será inmenso. Vamos.

-Tsk, no puedo negarme a eso...

Juntos caminamos entre los edificios hasta llegar a un almacén destruido. Los pocos restos de lo que alguna vez había sido una edificación gigantesca eran sólo unos cuantos trozos de las paredes y las chapas metálicas del techo.

-Menudo hogar, eh...

-Tranquilo, Anbernatt. Este sucio almacén es sólo nuestro primer refugio infiltrados en Gran Europa. Pronto todos los humanos serán esclavizados, y nosotros reinaremos; vivir de esta manera no durará mucho...

-Me parece bien, Shadow, así que entremos.

Abrí de un puñetazo el portón que daba lugar a la enorme sala del almacén. Allí en el centro e iluminados por los rayos del sol que atravesaban el único ventanal, habían dos sujetos: una chica de chaqueta negra, blanca y verde y cabello azul y negro, y un chico con una máscara violeta y una enorme capa gris azulada.

-Bien, Sara y Nero, les presento a Ikiel.

Ambos rieron a carcajadas al escuchar mi nombre, y apreté los puños recordando a mi madre.

-Pff, otros imbéciles más destrozando mi paciencia con mi nombre. Nada nuevo y ningún cambio en la vida habitual.

El chico me miró con algo de rencor.

-Al parecer estás algo sobrevalorado por Shadow: según él, eres un campeón, pero no podrías alcanzarme en una batalla...

-¿Y en qué momento Shadow...

-¿En qué momento hablé con ellos? Tengo un millón de capacidades. Puedo estar en muchos lugares a la vez.

La chica le tomó el hombro a "Nero" y se adelantó a escrutar mi rostro.

-Tiene cara de idiota. ¿Puedo destrozarla?

-No, no... Sara, no hay lugar para la violencia entre nosotros.

-Shadow, la verdad es que el que me presentaras a dos estúpidos más no me hace nada de gracia. Me largo, aunque fue un gusto conocerte.

-Vamos, Anbernatt.

Con una molestia evidente, me di la vuelta para seguir conversando con ellos. No tenía nada de ganas y la tentación a dormir era irresistible, pero allí permanecí hasta que Shadow hubo acabado sus palabras.

-Bien, puedes llamarles Sara y Nero.

Yo seguía distraído y mirando hacia otro lado, tuve que fingir estar interesado y dije:

-Y yo soy Anbernatt.

Shadow me llevó aparte mientras los otros dos conversaban animadamente, y me susurró al oído:

-Ikiel, sé lo que quieres hacer, así que te lo permito. Tienes que encargarte de un asunto pendiente, ¿no? Vamos, dales a ellos lo que se merecen.

Sonreí con malicia, y afirmé con la cabeza. 

-Con todo gusto. Y si no la mato por hambre... ¿puedo quedarme con mi prima?

-Claro, es tu decisión.

Me dirigí hacia la salida con entusiasmo. ¡Era el momento que tanto había esperado! Tenía ciertos asuntos pendientes con mi familia entera...


  1. Daniel Arzer, el hermano de Ikiel Arzer o Anbernatt, fue tratado como el mejor de ambos a muy temprana edad.